El cerebro adicto

Origen:
Verónica Guerrero Mothelet (2013): 
El cerebro adicto. – 
¿Cómo ves?, Revista de divulgación de la Ciencia de la Universidad Nacional Autónoma de México.

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Hasta hace unas décadas la drogadicción se consideraba un problema moral y de falta de voluntad. Hoy se reconoce como una enfermedad y se sabe cómo tratarla.

Casi todos conocemos algún caso de adicción: amigos, familiares o compañeros adictos al alcohol, al tabaco, a medicamentos legales o a drogas ilícitas. El objeto de la adicción puede variar, pero la respuesta conductual es similar, ya que todas estas adicciones provocan la misma reacción en la química del cerebro. Este descubrimiento ha alterado la forma de considerar, prevenir y remediar las adicciones.

Hoy éstas se definen como una enfermedad crónica caracterizada por la búsqueda y el uso compulsivo de una sustancia a pesar de saber los daños que ocasiona. Al igual que otras enfermedades como la diabetes, la adicción se puede tratar, y aunque no se consiga una cura definitiva, el tratamiento incrementa la calidad y la duración de la vida.

Nueva perspectiva

Cuando la ciencia comenzó a estudiar la conducta adictiva en la década de 1930 se pensaba que las personas adictas a las drogas y al alcohol tenían una moralidad deficiente y carecían de fuerza de voluntad. Estas ideas moldearon las respuestas de la sociedad al abuso de drogas. Se le consideraba un problema moral y no de salud. Así, en lugar de diseñar acciones preventivas y terapéuticas, se optaba por el castigo y se etiquetaba negativamente a los adictos.

A raíz de importantes descubrimientos que empezaron en la última década del siglo pasado, se ha ido transformando nuestra comprensión de las adicciones y la imagen del adicto. En entrevista con ¿Cómo ves? la doctora María Elena Medina Mora Icaza, directora del Instituto Nacional de Psiquiatría “Ramón de la Fuente Muñiz” (INPRF), narra lo que propició este cambio de visión. La investigadora mexicana-estadounidense Nora Volkow, quien estudió medicina en la UNAM y es hoy directora del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas de Estados Unidos (NIDA, por sus siglas en inglés), observó en imágenes cerebrales la influencia de las drogas sobre diversas zonas del cerebro y encontró la causa física de la dependencia de sustancias como la cocaína y los opioides. “Esto nos llevó a entender por qué los pacientes, aunque quisieran, no podían dejar las sustancias por sí solos, sino que realmente necesitaban tratamiento”, señala la doctora Medina Mora, agregando que éste fue un indicio importante de que las adicciones tenían todas las características de una enfermedad. La adicción se considera hoy una enfermedad del cerebro porque las drogas modifican la química, la estructura y el funcionamiento de ese órgano.

Efectos de algunas sustancias

Nicotina. Estimulante que se encuentra en cigarros y otras formas de tabaco. Es muy adictiva y al fumarse eleva el riesgo de cáncer, enfisema, trastornos bronquiales y problemas cardiovasculares.

Alcohol. Su consumo puede dañar el cerebro y la mayoría de los órganos. Las áreas cerebrales especialmente vulnerables a esta droga son la corteza cerebral (funciones ejecutivas), el hipocampo (memoria y aprendizaje) y el cerebelo (coordinación de movimientos). Mariguana. Puede dañar la memoria y el aprendizaje de corto plazo, la capacidad de concentración y la coordinación. Aumenta el ritmo cardiaco y puede perjudicar los pulmones, así como elevar el riesgo de desarrollar psicosis en personas vulnerables.

Inhalables. Sustancias volátiles que se encuentran en muchos productos caseros, como pinturas, pegamentos y algunos aerosoles. Son extremadamente tóxicos y pueden dañar el corazón, los riñones, los pulmones y el cerebro.

Cocaína. Estimulante que por la brevedad de sus efectos se suele consumir varias veces en una sola sesión. Puede provocar graves consecuencias médicas relacionadas con el corazón y los sistemas respiratorio, nervioso y digestivo.Fuente: National Institute on Drug Abuse

Enfermedad crónica

“La adicción es una enfermedad que progresa por etapas”, puntualiza en entrevista el doctor Rubén Baler, científico de la salud de la Oficina de Políticas Científicas del NIDA. Baler explica que en la primera etapa las personas utilizan sustancias para alcanzar la euforia que brindan, pero este consumo de drogas se convierte muy rápido en enfermedad en quienes las utilizan en forma crónica. El cerebro empieza a adaptarse a la sustancia y aparecen los primeros signos de dependencia. He aquí algunos signos que sugieren adicción: consumir la droga de manera regular, imposibilidad de dejarla, gastar en droga más de lo que se tiene, extralimitarse para obtener droga (incluso robar) y sentir que se necesita la droga para funcionar cotidianamente.

Cuando se abusa de las drogas se alteran algunas zonas del cerebro como el tallo cerebral, que controla el ritmo cardiaco, la respiración y el sueño; la corteza cerebral, que procesa la información sensorial y nos permite pensar, planear, resolver problemas y tomar decisiones, y el sistema límbico, donde se aloja el llamado circuito de recompensa del cerebro. Dicho sistema motiva al individuo a repetir conductas necesarias para la supervivencia y la reproducción como alimentarse y tener sexo.

Al ingresar en el cerebro las drogas obstaculizan su sistema de comunicación e interfieren en el proceso normal de intercambio de información neuronal. Recordemos que las células nerviosas se comunican por medio de sustancias químicas llamadas neurotransmisores que llevan mensajes entre ellas. Una neurona libera el neurotransmisor, que cruza un espacio interneuronal, conocido como sinapsis, y se adhiere a un receptor (una proteína) en otra neurona. Neurotransmisor y receptor embonan como una llave en una cerradura.

La estructura química de drogas como la mariguana y la heroína es tan similar a la de un neurotransmisor natural, que los receptores las aceptan como si fueran el neurotransmisor. Otras drogas, como las anfetaminas y la cocaína, hacen que se produzca una cantidad excesiva de neurotransmisores naturales o evitan que el organismo recicle el exceso de estas sustancias. En consecuencia, el mensaje interneuronal se intensifica, impidiendo una comunicación adecuada.

La mayoría de las drogas interfieren con la actividad de un neurotransmisor llamado dopamina, que desempeña un papel fundamental en las sensaciones de placer. “El cerebro está condicionado a repetir conductas que permiten la supervivencia y las drogas actúan produciendo una activación mucho mayor de la que ocurre en las situaciones naturales de recompensa”, explica la doctora Medina Mora. “El cerebro pierde la capacidad de sentir placer por las recompensas naturales, pues se acostumbra rápidamente a las dosis masivas” de dopamina que se producen al consumir una droga, y lo hace reduciendo su producción natural, o bien disminuyendo la cantidad de receptores que captan la señal de este neurotransmisor. Así, cuando falta la droga el cerebro ya no cuenta con dopamina suficiente y la persona deja de disfrutar cosas naturalmente placenteras, lo que conduce a la apatía y a la depresión.

“Cuando el cerebro comienza a adaptarse a altos niveles de dopamina, el individuo tiene que usar más y más droga para obtener el mismo efecto”, añade Rubén Baler. Es decir, se desarrolla tolerancia a la droga. En el individuo que ha llegado a esta etapa, la falta de droga provoca el llamado síndrome de abstinencia, con síntomas como ansiedad, irritabilidad, náuseas, insomnio, episodios de sudoración, temblores y psicosis, y puede llevar a la muerte. Ciertas investigaciones muestran que la tolerancia a las drogas puede generar cambios muy profundos en las neuronas y en los circuitos cerebrales, con efectos que pueden ser graves. Por ejemplo, si el abuso de drogas altera la concentración óptima de un neurotransmisor llamado glutamato, que participa tanto en el circuito de la recompensa como en la capacidad de aprender, el cerebro intentará compensar el cambio dañando en ocasiones la función cognitiva. Igualmente, el abuso de sustancias a largo plazo suele provocar condicionamiento: ciertos factores ambientales se empiezan a asociar con la experiencia de la droga y provocan un deseo incontrolable de consumirla. Este condicionamiento es tan fuerte que la adicción puede resurgir incluso tras muchos años de abstinencia.

En palabras de Baler: “El cuerpo es uno, y lo que vemos como dependencia psicológica es una manifestación de los cambios en el cerebro, que intenta adaptarse y manejar niveles anormales de neurotransmisores”. El consumo crónico de drogas deteriora el autocontrol y la capacidad de tomar decisiones adecuadas. Según Baler estas adaptaciones del cerebro a las sustancias llevan al ansia incontrolable de utilizarlas, aunque el individuo sepa que tienen consecuencias catastróficas.

Biología y ambiente

Como todo lo que influye en nuestra salud física y mental, la propensión a las adicciones proviene de varios factores biológicos y ambientales. “Los factores genéticos más o menos explican 40 o 60% del riesgo total. El resto son factores ambientales, sociales, culturales, dietéticos. Todo tipo de factores que no entran en el biológico”, señala Baler y agrega que no existen personas sin riesgo genético absoluto. “No se trata de uno o cuatro genes que sean malos”. Tenemos miles de genes. A fin de cuentas, el que se manifieste el comportamiento adictivo dependerá tanto de lo genético como del entorno. Así, incluso si un individuo tuviera genes que propician el comportamiento adictivo, si en su entorno no se usan drogas o si su comunidad de compañeros y amigos no las consume, será muy improbable que el individuo desarrolle adicción simplemente porque hay una interacción positiva y robusta entre la parte biológica y la parte ambiental. Con todo, Baler indica que algunas personas pueden definirse como más vulnerables, pues tienen un riesgo mayor de desarrollar una conducta de abuso de sustancias; son las personas proclives a conductas de riesgo o a la búsqueda de novedades.


  • Principales factores de riesgo
    • Conducta agresiva temprana
    • Habilidades sociales deficientes
    • Ausencia de supervisión paterna
    • Compañeros/amigos que abusan de sustancias
    • Disponibilidad de la droga
    • Pobreza …
  • y de protección
    • Autocontrol
    • Relaciones positivas
    • Supervisión y apoyo paterno
    • Información
    • Políticas contra el uso de drogas
    • Cohesión comunitaria
  • Fuente: National Institute on Drug Abuse

Dependencia física

Según María Elena Medina Mora hay sustancias que por sí mismas son muy adictivas; por ejemplo, la heroína. Desde que se usa por primera vez provoca una modificación estructural del cerebro. Otras sustancias adictivas como el alcohol, el tabaco y la benzodiazepina (medicamento psicotrópico que actúa sobre el sistema nervioso central) producen dependencia muy rápido en las personas propensas.

Para que se desarrolle una adicción importa igual lo adictiva que sea la droga, su disponibilidad y lo aceptable que la considere la sociedad. La directora del INPRF señala que el riesgo se puede medir en un laboratorio con modelos animales. Por ejemplo, una rata de laboratorio es capaz de preferir la cocaína al alimento hasta la muerte, pero esto no sucede con la nicotina. Sin embargo, entre los humanos hay tres veces más adictos a la nicotina que a la cocaína y esto tiene que ver con que la nicotina es más fácil de adquirir y su consumo es más aceptado por la sociedad. En el caso del alcohol, otra droga de fácil acceso y con amplia aceptación social, entre el 10 y el 15% de las personas que beben desarrollan la dependencia. Uno de sus principales síntomas es el aumento de la tolerancia; es decir, se necesita beber más para experimentar los efectos deseados. La tolerancia se desarrolla muy rápido. La primera vez que bebemos el efecto es fuerte. Luego crece la tolerancia y aunque mucha gente controla su uso, ese control se pierde en los adictos.

La adolescencia, factor de riesgo

“Toda la parte del cerebro que es responsable del juicio, raciocinio y control de la conducta se desarrolla hasta los veintitantos años”, explica la doctora Medina Mora. Como los adolescentes suelen tomar sus decisiones a partir de las emociones y no del juicio y el raciocinio, es más probable que abusen de las sustancias. El problema principal es que en esa etapa de desarrollo el cerebro es mucho más vulnerable. “La adolescencia es una época en la que se están desarrollando todas las conexiones y exponer el cerebro a las drogas a esa edad tiene consecuencias mucho más dañinas”, indica la especialista. Los daños que causa la mariguana en el cerebro pueden ser reversibles en las personas que la empiezan a consumir en la edad adulta, pero no hay evidencia de que lo sean cuando el abuso comienza en la adolescencia. Las investigaciones sugieren que en este caso las consecuencias duran mucho más. “Al reunir a todas las personas que han estado expuestas una o más veces al uso de sustancias, controlando todas las demás variables, hemos encontrado que quienes desarrollan dependencia generalmente comenzaron a usar drogas dos años antes que aquellos que no la desarrollaron. Y aunque el punto de corte son los 17 años, para el caso de la mariguana tenemos el riesgo incrementado hasta los 26 años”. Esto significa, según la especialista, que los adolescentes no deben ni beber, ni fumar, ni usar otras drogas “y que tenemos que trabajar con todas las políticas públicas que nos ayuden a protegerlos”.

En cuanto a los usos medicinales de la marihuana la doctora Medina Mora señala: “Todo este asunto de la marihuana medicinal realmente confunde a los jóvenes”. Si bien anteriormente pudieron exagerarse los daños que provoca, esto no significa que sea una droga inocua. Asimismo, es un error pensar que, por ser un producto natural, no hace daño. “La heroína y el opio también provienen de productos naturales y causan una dependencia terrible”. Además, es un riesgo que ocurra con ella lo mismo que con algunos medicamentos para aliviar el dolor, que pueden causar fuertes dependencias y son actualmente el principal problema de abuso de sustancias en Estados Unidos. En ambos casos, manejados correctamente cumplen su función, pero si se hace incorrectamente, pueden ser muy peligrosos.

Adicción sin sustancia

Un descubrimiento, realizado por investigadores del Scripps Research Institute de California en estudios con animales, en 2010, sugiere que los mismos mecanismos cerebrales que participan en la adicción a las drogas aparecen en la compulsión de comer y el consecuente desarrollo de la obesidad. En ambos casos el exceso puede provocar una descompensación en el circuito de recompensa; en los comedores compulsivos, los impulsa a buscar alimentos ricos en grasas. Esta similitud hace pensar que muchas de las compulsiones, o conductas adictivas humanas (por ejemplo, adicción al sexo y a los juegos de azar) podrían tener relación con desequilibrios de dopamina o de otros neurotransmisores. Así, aunque en principio estas conductas no sean adictivas, pueden llevar a la adicción.

Problemas mentales y vulnerabilidad

Otro grupo de riesgo está formado por las personas que tienen algún tipo de padecimiento mental, como bipolaridad o esquizofrenia. “Sabemos que existe un gran porcentaje de comorbilidad (es decir, de presencia de dos trastornos simultáneos: la adicción y una enfermedad mental)”, dice Rubén Baler. Aproximadamente 60% de las personas con problemas de abuso de sustancias tienen también una enfermedad psiquiátrica.

La doctora Medina Mora ilustra con el caso de un niño con problemas de ansiedad; por ejemplo, las fobias que surgen más o menos a los siete años. Si este niño llega a la edad adulta sin encontrarse con las drogas o con el alcohol, probablemente ya para entonces podrá resolver su problema. No obstante, si en su adolescencia prueba el alcohol y descubre que éste reduce la ansiedad, confundirá ese efecto con la solución de sus problemas y será mayor el riesgo de que desarrolle dependencia. Ya adulto seguirá teniendo el problema de la ansiedad y además una adicción. Es importante identificar lo más pronto posible a la gente que padece enfermedades psiquiátricas o, en general, que es más vulnerable a caer en adicciones.

El uso de drogas como la mariguana en edades tempranas aumenta el riesgo de depresión. Algo similar sucede con la esquizofrenia, cuyo riesgo aumenta entre una y siete veces en quienes empezaron a fumar mariguana antes de los 25 años.

Consecuencias conductuales, familiares y sociales

Todas las adicciones pueden tener graves consecuencias para la salud y las relaciones humanas y, por tanto, para el bienestar personal, familiar y social. Este trastorno afecta varios circuitos cerebrales. “No solamente el circuito que calcula la recompensa”, dice Rubén Baler, “sino también los relacionados con el aprendizaje, con la memoria, con el control de emociones, con la toma de decisiones; son varios circuitos. Todos interactúan entre sí y muestran una disfunción en el adicto”. Asimismo, dependiendo de la sustancia y del tiempo que se haya empleado, los efectos sobre la salud pueden ir de enfermedades cardiovasculares, enfisema o cáncer, al desarrollo de trastornos mentales irreversibles.

Siendo adicto se corre también el riesgo de sufrir o infligir a otras personas algún daño no intencional, o de incurrir en actos de violencia o delitos por influencia de las drogas o de la abstinencia. La doctora Medina Mora señala que “las drogas también son un problema social con muchas facetas porque tener un adicto en la familia la modifica, afecta su calidad de vida y tiene un impacto emocional, económico y social”. Por esta razón se buscan enfoques de tratamiento que permitan a las personas con adicción abandonar la sustancia, pero al mismo tiempo que modifiquen, desde el aspecto bioquímico y conductual, las causas que provocan y agravan su adicción. Para que un tratamiento sea efectivo debe atacar por todos estos frentes. “Por ejemplo, hay que entrenar de nuevo los circuitos neuronales que calculan las recompensas naturales: la de la comida, la de salir con amigos, la del sexo. Todos los aspectos de la recompensa natural que se volvieron disfuncionales en el adicto”, señala el doctor Baler.

Lo mismo sucede con los circuitos relacionados con la voluntad (memoria, emociones, toma de decisiones). “Cada uno de estos aspectos relacionados con las funciones ejecutivas tiene que ser atacado de un modo distinto”, dice Baler. Así, algunos pueden recibir tratamiento con fármacos; otros requerirán terapias cognitivo-conductuales o intervenciones motivacionales, entre otras terapias de eficacia probada en las personas adictas y que también suelen combinarse con fármacos. No obstante, añade Baler, “el mensaje importante es que la adicción conlleva el desajuste de muchos circuitos, y que para tratar al adicto deben tenerse en cuenta todas las disfunciones al mismo tiempo”.

Por tanto, el tratamiento debe definirse según la persona, el tipo de sustancia, el ambiente en que vive y sus recursos, internos y externos. No se intenta resolver únicamente el problema bioquímico, sino considerar al individuo y su contexto: su familia y su lugar de trabajo. En definitiva, se requiere una terapia multidimensional que procure entrenar nuevamente un cerebro que aprendió algo totalmente anormal, pues la adicción, en última instancia, es una enfermedad de aprendizaje.

Como la diabetes, la adicción es crónica e incurable. Así, siempre se pueden sufrir recaídas. Pero la probabilidad de recuperación es similar a la de la diabetes y puede controlarse para mejorar la calidad de vida. En consecuencia, la recaída no debe considerarse como el fracaso del tratamiento; sólo indica que éste tiene que repetirse. La doctora Medina Mora señala que si entendemos que la adicción es una enfermedad y que la recaída forma parte de ella, un tratamiento exitoso no debe medirse sólo por la abstinencia, sino por la disminución de las recaídas, así como de su gravedad y duración. “Esto realmente mejora la condición de salud y los periodos de abstinencia incrementan la esperanza de vida”.

El mejor enfoque: la prevención

Pero para no llegar a necesitar tratamiento Rubén Baler propone la prevención universal: “Evitar todo lo que sabemos que es dañino y tratar de promover y enaltecer lo que sabemos que es positivo”. Entre los factores negativos se encuentran, por ejemplo, los padres adictos, la pobreza extrema, la mala nutrición, la falta de ejercicio, así como un ambiente que no sea confiable para los chicos y, desde luego, un entorno de violencia. “Deben evitarse esas actividades desafiantes, o de franca delincuencia”, pues son factores de muy alto riesgo. Baler añade que no es cuestión de magia. “Todo lo que promueve un ambiente saludable por fuerza va a reducir el riesgo absoluto de abuso de sustancias”.

Y la doctora Medina Mora agrega que “tenemos que trabajar para que se deje de vender alcohol a los adolescentes”, lo que sucede incluso en tiendas establecidas que funcionan las 24 horas. También hay que frenar la disponibilidad de inhalables y de cigarros sueltos. Proteger a los adolescentes de las drogas es fundamental, “pues toda la evidencia de salud pública nos habla de un riesgo mayor” en la adolescencia. Al documentar tanto la investigación que ha realizado la doctora Nora Volkow como la que ha financiado el Instituto Nacional de Psiquiatría se encontraron todos los elementos que definen la adicción como una enfermedad tratable. Ahora la política pública debe reunir esta evidencia científica, compartirla con la población y convertirla en una convicción social.

¿Es la adicción a las drogas una enfermedad o elección?

Origen:
Jessie Gould (2018): 
Is Drug Addiction a Disease or Choice? 
The Recovery Village

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Durante siglos, la adicción al alcohol y las drogas ha sido vista como un fracaso moral. La persona adicta fue vista como carente de fuerza de voluntad. Pero mientras que algunos individuos aún sostienen ese punto de vista, un nuevo modelo para comprender la adicción se ha elevado a la vanguardia de la comunidad científica. La realidad es que la adicción es una enfermedad, y la investigación está ahí para apoyarla.

Las drogas cambian físicamente el cerebro y crean un impulso compulsivo para continuar consumiendo mientras inhiben las habilidades normales de toma de decisiones.

Este desarrollo tiene enormes implicaciones para aquellos que viven y luchan contra la adicción.

¿Qué es la adicción y es una elección?

Según DrugAbuse.gov, «la adicción es una enfermedad cerebral crónica, a menudo recurrente, que provoca la búsqueda y el uso compulsivo de drogas, a pesar de las consecuencias perjudiciales para la persona adicta y para quienes la rodean».

La clave aquí es que la persona adicta continuará consumiendo incluso cuando vea el daño que está causando su adicción. Saben que es malo para ellos y no quieren ser adictos. Pero la adicción se caracteriza por la incapacidad de parar.

¿Por qué la adicción es considerada una enfermedad?

La adicción a las drogas sigue un patrón similar a otras enfermedades crónicas como el asma y la diabetes. El paciente entrará en remisión, pero puede tener varias recaídas antes de superar la enfermedad por completo. Y como las enfermedades anteriormente citadas, la adicción también puede ser tratada y manejada.

Muchas personas que se oponen al modelo de adicción como enfermedad han señalado que la persona adicta elige comenzar a consumir drogas o alcohol. Esto es cierto, pero no viene al caso.

Algunas personas prueban drogas o alcohol y nunca se vuelven adictas. Otros, sin embargo, tienen una predisposición biológica o situacional a la adicción

NIDA: When and how does drug abuse start and progress?

Una vez que se comienza el consumo, la adicción adquiere una vida propia y es mucho más difícil de controlar.

La adicción también se considera una enfermedad porque puede causar cambios en el cerebro. No solo crea una dependencia física en la que el individuo no puede dejar de tomar la sustancia sin experimentar ganas de consumir, sino que también afecta la capacidad del individuo para tomar decisiones razonables.

Cómo las drogas cambian el cerebro

Cada droga, incluido el alcohol, altera el sistema de recompensa en el cerebro. Desafortunadamente, el uso a largo plazo puede causar cambios en el circuito de recompensa que influyen en la capacidad del cerebro para funcionar. Específicamente, las áreas del cerebro que están vinculadas a la toma de decisiones, el aprendizaje, el recuerdo y el control del comportamiento se ven afectadas.

Según un artículo publicado por Ruben D. Baler y Nora D. Volkow (ambos del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas), «parece haber relaciones íntimas entre los circuitos interrumpidos por drogas de abuso y aquellos que subyacen al autocontrol […] Ha llegado el momento de reconocer que el proceso de adicción erosiona los mismos andamios neuronales que permiten el autocontrol y una toma de decisiones adecuada».

Con la adicción erosionando el autocontrol, no es de extrañar que sea extremadamente difícil para un adicto dejar de consumir por su cuenta. Volkow explica su punto de origen en una presentación de TEDMED 2014 y señala: “para que podamos ejercer el autocontrol, necesitamos un adecuado funcionamiento del área en nuestro cerebro que regula las conductas”.

Lo que esto significa para el adicto

¿Por qué es tan importante reconocer la adicción como una enfermedad? La respuesta es que la forma en que vemos una condición influye mucho en la forma en que tratamos a quienes la padecen. Cuando aprendes que la adicción es una enfermedad, se aclaran tres verdades:

1. No se trata de fuerza de voluntad

Cuando una persona pierde su vida por una adicción a las drogas, alguien sin duda dice algo como «ellos hicieron su elección».

La idea es que la persona adicta tomó las decisiones conscientes para continuar con su adicción a las drogas y obtuvo lo que les esperaba. Pero esta perspectiva no sólo es inútil, es falsa.

Si bien hay un elemento de elección involucrado, hacer la elección correcta es mucho más difícil para alguien con una adicción. La gran mayoría de los individuos adictos no son adictos porque quieren serlo, sino porque sienten que necesitan la sustancia. Y en muchos casos, sus cuerpos dependen tanto de la sustancia que realmente lo hacen.

2. El tratamiento es eficaz

Conseguir la sobriedad y mantenerse sobrio por su cuenta, es difícil. Y desafortunadamente, para algunas sustancias, la desintoxicación puede ser extremadamente peligrosa. Aquí es donde entra en juego un centro de rehabilitación. Al igual que otros trastornos crónicos recurrentes, a menudo se necesitan tratamientos repetidos para lograr el éxito a largo plazo.

En un centro de recuperación, estos tratamientos tomarán la forma de hablar con su consejero, tomar medicamentos para ayudar a facilitar los retiros y participar en actividades que están enfocadas en ayudarlo a sanar. Recuperará las habilidades que haya olvidado, así como las técnicas para controlar los antojos y la sobriedad a largo plazo.

3. La recaída es normal, esperada y manejable

Siguiendo el modelo de adicción como enfermedad, la recaída no es un fracaso del tratamiento. La recaída ocurre, y simplemente significa que se debe cambiar el tratamiento para seguir siendo efectivo.



No al ‘‘hábito’’, sí a la ‘‘adicción’’.

Análisis crítico de un eufemismo asociado al tabaco.

Origen:
Fonseca, Francina; Orozco-Levi, Mauricio (2011): 
No al ‘‘hábito’’, sí a la ‘‘adicción’’. Análisis crítico de un eufemismo asociado al tabaco.
Med Clin (Barc). 2012;138(11):489–492

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Definir al tabaquismo como un ‘‘hábito’’ es un eufemismo. Es una expresión políticamente aceptable que se emplea con tal de sustituir a otra menos ofensiva o peyorativa al fumador como ‘‘adicción’’. Como eufemismo, pues, pretende y cumple con dar un carácter inofensivo al tabaquismo mientras desorienta, evade, o evita hacernos conscientes de una realidad cruda y desagradable. Esta realidad queda expresada claramente, por una parte, por las relaciones que existen entre mortalidad, enfermedad y tabaco. La mortalidad por enfermedades relacionadas con el tabaco es mayor que la relacionada con la infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), por uso de otras drogas y alcohol, accidentes de tráfico y muertes violentas, todas juntas. Y, por otra parte, la generalización de este eufemismo queda reflejada numéricamente por los resultados de una búsqueda en publicaciones médicas relacionadas con tabaquismo (por ejemplo, PubMed), que demuestran que la palabra ‘‘hábito’’ aparece relacionada con tabaquismo en 106.157 publicaciones, mientras que ‘‘adicción’’ se menciona en 3.784, que equivalen a 3,5% ¡únicamente!

El tabaco es la principal causa de muerte evitable y uno de los negocios más lucrativos en la actualidad. En España, un 42% de la población de 15-64 años ha consumido tabaco durante los últimos 12 meses; un 38,8% durante los últimos 30 días y un 29,6% diariamente durante este periodo. Aunque estas cifras siguen siendo elevadas, han descendido (Observatorio Español sobre Drogas).

El consumo de tabaco se relaciona con el 80-90% de los casos de cáncer de pulmón, así´ como con el cáncer de vejiga, de cavidad oral, esófago, así como con el incremento en el riesgo de enfermedad cardiovascular. Uno de los aspectos más importantes relacionados con el éxito fármaco-económico del tabaquismo estriba en la mortalidad entre los fumadores. Uno de cada dos fumadores morirá por una enfermedad relacionada con el tabaco, y lo hará 20 años antes que los individuos no-fumadores. Esto permite suponer que lo hará, en general, cuando termina su edad productiva laboral y de aportación activa al sistema de seguridad social e impuestos (60-65 años), e implica un ahorro potencial de 20 años en consumo de servicios sanitarios y sociales. La muerte prematura de los fumadores se convierte, entonces, en un conflicto de intereses en las sociedades desarrolladas.

¿Qué evidencias hay de que el tabaquismo sea una adicción?

La nicotina es un alcaloide, de la misma familia que la cocaína, la heroína u otros. La adicción (es decir, dependencia) a la nicotina se define como un patrón desadaptativo de consumo de tabaco que conlleva malestar (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, 4ª edición, Texto Revisado, DSM-IV-TR). La dependencia de nicotina es una drogodependencia. Como el resto de drogodependencias se caracteriza por un consumo compulsivo de la sustancia, la pérdida de control sobre este consumo, que se manifiesta por el uso repetido pese a los efectos negativos sobre la salud y las recaídas repetidas tras períodos de abstinencia, una elevada motivación para conseguir la sustancia, el detrimento de otras actividades y la aparición de dependencia física (en forma de tolerancia y abstinencia). En las tablas 1 y 2 se describen los síntomas de la dependencia de nicotina según la clasificación diagnóstica DSM-IV-TR y la Clasificación Internacional de Enfermedades, 10 edición (CIE-10).

Tabla 1: Criterios diagnósticos de la dependencia de nicotina según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, 4ª edición (DSM-IV)
Presencia de tres o más de los siguientes síntomas expresados en algún momento durante un periodo de 12 meses:
Tolerancia: el fumador necesita incrementar la cantidad de nicotina para conseguir los mismos efectos, o bien, disminuye progresivamente el efecto al consumir la misma cantidad
Síntomas de abstinencia
Frecuencia: la sustancia es tomada con frecuencia en cantidades mayores o durante un periodo más largo de lo que inicialmente se pretendía
Control: existe un deseo persistente o esfuerzos infructuosos de controlar o interrumpir el consumo de la sustancia
Búsqueda: Se emplea mucho tiempo en actividades relacionadas con la obtención de la sustancia, en el consumo de la sustancia (por ejemplo, fumar un cigarrillo tras otro) o en la recuperación de los efectos de la sustancia
Aislamiento: reducción de importantes actividades sociales, laborales o recreativas debido al consumo de la sustancia
Impulso: Se continúa tomando la sustancia a pesar de tener conciencia de problemas psicológicos o físicos recidivantes o persistentes, que parecen causados o exacerbados por el consumo de la sustancia

Tabla 2: Criterios diagnósticos de la dependencia de nicotina según la Clasificación Internacional de las Enfermedades, 10ª revisión (CIE-10)
Criterios:

  • Conjunto de manifestaciones fisiológicas, de comportamiento y cognoscitivas en el cual el consumo de nicotina adquiere la máxima prioridad para el individuo. La manifestación característica del síndrome de dependencia es el deseo (a menudo fuerte y a veces insuperable) de ingerir la sustancia
  • La recaída en el consumo de una sustancia después de un periodo de abstinencia lleva a la instauración más rápida del resto de las características del síndrome de lo que sucede en individuos no dependientes
  • El diagnóstico de dependencia sólo debe hacerse si durante algún momento de los doce meses previos o de un modo continuo han estado presentes tres o más de los rasgos siguientes:
    • Deseo intenso o vivencia de una compulsión a consumir la sustancia
    • Disminución de la capacidad para controlar el consumo de la sustancia, unas veces para controlar el comienzo del consumo y otras para poder terminarlo, o para controlar la cantidad consumida
    • Síntomas somáticos de un síndrome de abstinencia cuando el consumo de la sustancia se reduzca o cese, cuando se confirme por: el síndrome de abstinencia característico de la sustancia; o el consumo de la misma sustancia (o de otra muy próxima) con la intención de aliviar o evitar los síntomas de abstinencia
    • Tolerancia, de tal manera que se requiere un aumento progresivo de la dosis de la sustancia para conseguir los mismos efectos que originalmente producían dosis más bajas
    • Abandono progresivo de otras fuentes de placer o diversiones, a causa del consumo de la sustancia, aumento del tiempo necesario para obtener o ingerir la sustancia o para recuperarse de sus efectos
    • Persistencia en el consumo de la sustancia a pesar de sus evidentes consecuencias perjudiciales

La herramienta más utilizada para valorar la gravedad de la dependencia de nicotina es el test de tolerancia a la nicotina de Fagerström4 o una versión modificada más reciente, el test de Fagerström para la dependencia de nicotina5 (tabla 3). Los ítems que contribuyen más a la predicción de una recaída futura son el número de cigarrillos que se fuman al día y el tiempo que pasa hasta el primer cigarrillo del día6. Al suspenderse de forma brusca el consumo de nicotina aparecen síntomas de abstinencia. Los síntomas de abstinencia comprenden alteración del estado de ánimo (disforia, irritabilidad), inquietud, dificultades de concentración, ansiedad, incremento del apetito y disminución de la frecuencia cardiaca. En la tabla 4 se recogen los criterios DSM-IV-TR para el diagnóstico de abstinencia de nicotina. Otros síntomas de abstinencia pueden incluir estreñimiento, tos, sensación de mareo, sueños vívidos y sequedad bucal7. Los síntomas de abstinencia, exceptuando el incremento de peso, presentan su mayor intensidad durante la primera semana de abstinencia y van disminuyendo progresivamente durante las siguientes 2-4 semanas7; sin embargo, algunos estudios presentan síntomas de abstinencia prolongados en el tiempo8. Por otra parte, el incremento del peso asociado a la abstinencia de nicotina puede prolongarse durante 6 meses tras la abstinencia y posteriormente bajar o bien mantenerse estable.

Bases científicas de la adicción al tabaco: estudios neurobiológicos

La nicotina, una vez inhalada, llega a los pulmones, donde existe una amplia área de intercambio sanguíneo, y es transportada por la circulación pulmonar hasta el corazón y de allí al cerebro en tan solo unos 10-12 segundos. La rapidez en la absorción de la nicotina y las cantidades que llegan al cerebro son dos factores básicos que mantienen la adicción a la nicotina9

Estudios preclínicos

La diana principal de la nicotina en el cerebro son los receptores de acetilcolina nicotínicos (nAChRs) localizados en las neuronas dopaminérgicas del área tegmental ventral (ATV)10. El tipo principal de nAChRs del ATV es el subtipo a4b2, con alta afinidad para la nicotina11. La estimulación de estos receptores nAChRs, subtipo a4b2, resulta en un incremento en las concentraciones de dopamina en el núcleo accumbens (NAC) y la corteza prefrontal12,13. El incremento de dopamina a nivel mesolímbico es el principal factor que contribuye a los efectos reforzadores de la nicotina, de la misma manera que sucede con el consumo del resto de sustancias de abuso14.

Los estudios con animales utilizando autoestimulación intracraneal han observado que la nicotina reduce el umbral de autoestimulación; en cambio, la abstinencia de nicotina produce un incremento en este umbral de autoestimulación, sugiriendo un estado anhedónico15,16. Otros sistemas de neurotransmisión se han relacionado con la dependencia de tabaco. La neurotransmisión dopaminérgica del ATV y NAC está regulada por interneuronas GABAérgicas localizadas en el ATV, que inhiben la neurotransmisión dopaminérgica17. En cambio, los eferentes glutamatérgicos desde la corteza prefrontal tienen efecto estimulador sobre las neuronas dopaminérgicas18. La exposición crónica a nicotina produce una disminución en el control inhibitorio GABA e incrementa el control positivo glutamatérgico. El refuerzo provocado por la nicotina también está influenciado por el sistema opioide endógeno. La administración de nicotina produce un incremento en los opioides endógenos (encefalinas y b-endorfina) que se unen a los receptores opioides m localizados en las interneuronas GABA del ATV19. La activación de estos receptores desinhibe las interneuronas GABA produciendo un mayor incremento de la dopamina en el NAC20. Con el consumo continuado de nicotina se producen neuroadaptaciones para contrarrestar el incremento en la actividad del nAChRs y el incremento en la liberación de neurotransmisores. Aunque la mayoría de receptores tienden a la sobrerregulación (por ejemplo, incrementan su número), algunos de estos receptores se inactivan, de manera que se produce el fenómeno de tolerancia21.

Estudios clínicos

En humanos se han realizado estudios con neuroimagen para confirmar los resultados realizados con animales. En estudios realizados con tomografía por emisión de positrones (PET) se ha demostrado la afinidad de la nicotina por los nAChRs a4b2. La ocupación de receptores era del 33, 75, 88 y 95% tras fumar una calada, tres caladas, un cigarrillo y hasta la saciedad, respectivamente22. Dos estudios realizados mediante tomografía por emisión de fotón único (SPECT) han demostrado que tras un corto periodo de abstinencia de nicotina (7-10 días) se produce un incremento en el número de nAChRs y que este incremento en el número de receptores correlaciona con el deseo de fumar; los niveles de receptores volvían a la situación basal (comparable a la de no fumadores) al cabo de 3 semanas de abstinencia23,24.

Otros estudios han analizado los efectos del consumo de nicotina sobre los valores de dopamina mediante PET. La administración de nicotina, ya sea en spray nasal o en chicles, produce un desplazamiento del radioligando para los receptores dopaminérgicos D2, lo que indica la presencia de un incremento en la neurotransmisión dopaminérgica; al mismo tiempo, estos efectos correlacionaban con una mejora del estado de ánimo25,26.

Para estudiar las bases neurobiológicas de la abstinencia de nicotina se han realizado estudios con resonancia magnética funcional (RMf). En un estudio para evaluar la perfusión cerebral tras 12 horas de abstinencia de nicotina en comparación con el consumo habitual de tabaco se han detectado incrementos de perfusión en la corteza orbitofrontal medial e izquierda, así como descenso en la perfusión a nivel de la corteza orbitofrontal derecha; este estudio, además, muestra una correlación entre el deseo de fumar inducido por la abstinencia y el grado de incremento en la perfusión cerebral en los circuitos mesolímbicos de la recompensa27.

Bases genéticas de la adicción al tabaco: ¿somos todos susceptibles?

El trastorno por dependencia de la nicotina, así como todos los trastornos por uso de sustancias, son enfermedades complejas, causadas por la interacción de factores ambientales (acceso y disponibilidad a la sustancia, permisividad del entorno hacia el consumo), los cambios que produce la propia sustancia en el sistema nervioso central y factores relacionados con el individuo (predisposición genética, presencia de psicopatología y rasgos de personalidad).

Entre los factores relacionados con el individuo, es importante destacar que tanto el inicio del consumo de tabaco como la transición desde el consumo ocasional a la dependencia presentan una elevada heredabilidad: se han descrito coeficientes de heredabilidad entre el 30 y el 80%28. Dentro de los genes relacionados con la dependencia a nicotina se ha estudiado la variabilidad genética de los genes y polimorfismos relacionados con las enzimas que metabolizan la nicotina, especialmente el gen que codifica para el citocromo P450 CYP2A6 (que metaboliza la nicotina a cotinina, metabolito inactivo). Los individuos con el genotipo ‘‘wild type’’ (metabolizadores más rápidos de nicotina) fuman mayor número de cigarrillos al día y presentan puntuaciones más elevadas en el test de Fagerström y, por lo tanto, tienen menor probabilidad de conseguir la abstinencia29. Otros genes candidatos son los que codifican para las subunidades del receptor de acetilcolina. Se han descrito asociaciones con el gen CHRNA4 (que codifica para la subunidad a4), así como con los genes CHRNA5 y CHRNA3 (que codifican las subunidades a5 y a3, respectivamente)30,31. También los genes relacionados con la vía dopaminérgica han sido estudiados en cuanto a su posible relación con la dependencia de nicotina, con resultados contradictorios. Se han descrito asociaciones con polimorfismos de los genes que codifican para el gen del transportador de dopamina, el receptor dopaminérgico D2, el receptor dopaminérgico D4, el gen del receptor dopaminérgico D3 y también con genes implicados en el metabolismo de la dopamina (catecol-O-metil transferasa, monoamino oxidasa A y dopamina beta-hidroxilasa)32. Finalmente, otros genes que se han relacionado con el consumo de tabaco son el gen que codifica para el receptor opioide mu, la neurexina-1 y beta arrestina (implicada en la regulación del tráfico de dopamina y los receptores opioides)32.

La percepción de cumplimiento de las medidas reguladoras contra el tabaco

La aplicación de políticas de regulación y de control del tabaquismo cuenta con un problema derivado de la percepción que muchos decisores políticos tienen en relación al bajo apoyo que la población´ n, pero sobre todo del cumplimiento y percepción que los fumadores y algunos colectivos empresariales, dan a este tipo de medidas. En este sentido, existen estrategias de apoyo social a las medidas de control del tabaquismo que son cruciales para garantizar su éxito.

Se asume que, en general, la población fumadora presta un menor apoyo a la regulación del consumo de tabaco. Sin embargo, también hay indicios de que el apoyo a las políticas de espacios sin humo, en lugar de decaer, aumenta con el tiempo tras su implantación. Por ello, al evaluar globalmente el impacto de la Ley 28/2005 es importante analizar el grado de aceptabilidad, apoyo y percepción de cumplimiento de las medidas reguladoras por parte de la población general y de colectivos especialmente afectados. De la información disponible mediante investigaciones diseñadas ad hoc para evaluar este aspecto de la Ley 28/2005, o mediante estudios de opinión generales, se derivan datos con tal de evaluar las opiniones y actitudes de la población general sobre la Ley 28/2005. Hay varios estudios de ámbito nacional que han evaluado las actitudes de los ciudadanos respecto a la legislación de los espacios sin humo, aunque tan solo las encuestas del Eurobarómetro encargadas por la Comisión Europea tienen datos de antes y después de la entrada en vigor de la ley. Estas encuestas se realizan de forma simultánea en los países de la Unión Europea y han contado con ediciones especiales dedicadas al tabaquismo en los años 2005 y 2008. La restricción del consumo en los espacios cerrados tiene como consecuencia no solo evitar los daños asociados a la exposición al humo ambiental del tabaco, sino también estimular a los fumadores a dejar o disminuir el consumo. Se estima que estas políticas están relacionadas con una disminución del tabaquismo del 3 al 4%, así como con una reducción del número de cigarrillos en las personas que continúan fumando. Por otra parte, las políticas de espacios libres de humo fortalecen las normas sociales acerca de que fumar no es aceptable, y pueden ser efectivas para prevenir el consumo de tabaco en la adolescencia. En Europa, sin embargo, las recientes regulaciones puestas en marcha en los últimos años no han demostrado, hasta el momento, un efecto directo sobre el consumo de tabaco. En el futuro, las nuevas medidas legislativas deberán ir acompañadas de actividades específicas dirigidas a la población para aumentar todavía más la aceptabilidad social.

Por todo ello, la eliminación del eufemismo ‘‘hábito tabáquico’’ tiene relevancia práctica. Por una parte, el tabaquismo es una verdadera ‘‘adicción’’, y debe ser llamada como tal, y, por otra, es posible que este concepto permita modificar patrones de aceptabilidad social interferidos por intereses económicos ligados a la industria tabacalera. Poner en evidencia este eufemismo y actuar en consecuencia representa un compromiso ético y médico que debería incluirse en los programas de información, prevención y tratamiento del tabaquismo.

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Referencias:

Francina Fonsecaa, Mauricio Orozco-Levib,

Institut de Neuropsiquiatria i Addiccions, Grup de Recerca en Trastorn per ús de substàncies (GRATUS), Parc de Salut Mar, Barcelona, España
Servei de Pneumología, Hospital del Mar, Grup de Recerca en Lesió, Resposta Immune, i Funció Pulmonar (LIF), IMIM, Universitat Pompeu Fabra, Barcelona, España. CIBER de Enfermedades Respiratorias, Instituto de Salud Carlos III (ISCiii), España

Cocaína y la batalla final de las neuronas

Origen:
DrugAbuse.com (2017):
Cocaine and the Ultimate Battle of Neurons.
Editorial Staff

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Sean estaba listo para rendirse. Su hermano, Tony, parecía ser una causa perdida. Después de años de consumo de cocaína, Tony había pasado por tres programas de rehabilitación e innumerables recaídas. Cada vez, Sean esperaba lo mejor, solo para que la cocaína aplastara sus esperanzas. Al final de su cuerda, Sean se enfrentó a Tony:

  • “¿Por qué sigues haciendo esto? ¿No ves que te está matando? ¿Y me está matando verte hacerlo?”
  • «Si puedo ver eso. Lo que no puedo hacer es detenerme. La cocaína sigue tirando de mí. Yo solo … no puedo … luchar contra eso.”

Batalla de las neuronas

Lo que Sean no se da cuenta es la verdad literal detrás de las declaraciones de Tony. Es probable que el cerebro de Tony realmente vuelva a la cocaína; Sus impulsos se han vuelto más y más fuertes con el tiempo, hasta que se siente imposible hacer otra cosa que seguirlos.

Esto es lo que veríamos si echamos un vistazo al cerebro de Tony:

El cerebro de Tony (y el tuyo) tiene dos tipos de neuronas que influyen en su comportamiento. El primero es una «neurona del receptor de dopamina tipo uno», también conocida como «neurona de urgencia». El segundo es, lo adivinó, una «neurona del receptor de dopamina tipo dos».

Como puede adivinar por los apodos, las dos neuronas tienen efectos opuestos. Las neuronas urgentes promueven sentimientos de recompensa y alientan comportamientos que involucran experiencias gratificantes. Las neuronas de control amortiguan los sentimientos de recompensa. Desalientan comportamientos asociados con experiencias negativas. Trabajando juntas, estas neuronas están diseñadas para promover elecciones saludables. Actúan en equilibrio para fomentar actividades que sean buenas para Tony y desalientan las actividades que son malas para él.

Tomar cocaína

Los investigadores descubrieron que agregar cocaína a esta interacción neuronal desestabiliza el sistema. Altera completamente la dinámica y cambia el cerebro de Tony.

Con su primera dosis de cocaína, veríamos que las neuronas de urgencia de Tony aumentan en actividad y las neuronas de control disminuyen. El equilibrio cambia un poco, pero se restaura después de unos minutos. Después de muchas dosis de cocaína, este desequilibrio no desaparece como solía hacerlo. Con el tiempo, con el uso continuo, el desequilibrio dura más y las neuronas urgentes dominan el cerebro de Tony. Las neuronas de control, que deberían alentarlo a detener el comportamiento negativo, ya no tienen el control. Sus voces han sido silenciadas por el impulso repetido de las neuronas de urgencia. Ahora le gritan constantemente a Tony por más cocaína.

Esta situación se ve una y otra vez en el cerebro de cada consumidor de cocaína. La cocaína se consume. Existe la necesidad de tomar más de la droga. Cada vez hay menos capacidad para controlar este impulso. Una vez que se usa la cocaína durante un largo período de tiempo, el desequilibrio se vuelve sostenido. El consumo de cocaína se apodera del cerebro y da como resultado un uso incontrolado y adicción.

Esperanza para Tony

¿Esto significa que los adictos a la cocaína están más allá de la ayuda, como sospecha Sean? No. Lejos de eso. Simplemente significa que será un camino difícil por delante mientras trabajan para reconectar sus cerebros. Los seres queridos deben tener en cuenta que es más que «simplemente decir que no». Aquellos que luchan contra la adicción a la cocaína necesitan el tratamiento y el apoyo adecuados para liberarse de este ciclo. Con tiempo y tratamiento, Tony puede restablecer el equilibrio en su cerebro. Puede calmar las neuronas urgentes y disfrutar de una vida en recuperación.


El paradigma de la enfermedad cerebral NIDA: historia, resistencia y escisiones

Origen:
Courtwright, David T. (2010):
The NIDA Brain Disease Paradigm: History, Resistance and Spinoffs.
2010 The London School of Economics and Political Science 1745-8552 BioSocieties Vol. 5, 1, 137–147

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Este artículo examina ‘el paradigma NIDA’, la teoría de que la adicción es una enfermedad cerebral crónica y recurrente caracterizada por la pérdida de control sobre el consumo de drogas. Reviso críticamente la historia oficial del paradigma del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas (NIDA) y analizo las fuentes de resistencia. Sostengo que, a pesar de que la teoría sigue siendo controvertida, ha arrojado importantes ideas en otros campos, incluida mi propia disciplina de la historia.

Introducción

Es un lugar común en la historia de la ciencia que los nuevos paradigmas generan tanto una oposición como ideas inesperadas. El paradigma del Instituto Nacional de Abuso de Drogas (NIDA, por sus siglas en inglés) de la adicción como una enfermedad cerebral ha logrado ambas cosas. La investigación detrás de esto ha ampliado nuestro conocimiento de la motivación y el aprendizaje, tanto del comportamiento normal como del comportamiento anormal. Sin embargo, también se ha encontrado con indiferencia, sospecha y, en algunos casos, resistencia abierta. Estoy particularmente interesado en saber por qué los políticos, los clínicos y los científicos sociales han tardado en adoptar lo que la comunidad neurocientífica considera en general como un gran avance.

Los elementos clave del paradigma de enfermedad cerebral NIDA se pueden enunciar simplemente. Son que la adicción es una enfermedad cerebral crónica y recurrente con un contexto social, un componente genético (o, más precisamente, un gen-ambiente-estrés-interactivo) y una comorbilidad significativa con otros trastornos mentales y físicos. Aunque el uso de drogas a menudo comienza de manera voluntaria y se desarrolla con el tiempo, los usuarios pierden el control con la aparición de la adicción. Según el ex director de NIDA, Alan Leshner, la adicción se define, no por los síntomas físicos de abstinencia, sino por “ansia, búsqueda y uso compulsivos e incontrolables de las drogas, incluso ante las consecuencias negativas para la salud y la sociedad”. El uso persistente conduce a cambios a largo plazo en la estructura y función del cerebro. Las neuronas se vuelven más sensibles a los cambios bioquímicos provocados por el consumo de drogas. Los estudios de imagen han mostrado patrones específicos de actividad anormal en los cerebros de muchos adictos. En esencia, la adicción es una enfermedad cerebral porque los adictos exhiben un trastorno de comportamiento que puede estar vinculado a cambios patológicos observables en sus cerebros. Para citar nuevamente a Leshner, la adicción es «el trastorno bioconductual por excelencia» (Leshner, 2001).

Historia

¿De dónde viene este paradigma? Aquí está la versión oficial, de la publicación NIDA Drogas, cerebros y comportamiento: la ciencia de la adicción. Lleva la firma de Nora Volkow, la actual directora de NIDA:

A lo largo de gran parte del siglo pasado, los científicos que estudian el abuso de drogas trabajaron en la sombra de mitos poderosos y conceptos erróneos sobre la naturaleza de la adicción. Cuando la ciencia comenzó a estudiar el comportamiento adictivo en la década de 1930, se pensaba que las personas adictas a las drogas tenían fallas morales y carecían de fuerza de voluntad. Esos puntos de vista moldearon las respuestas de la sociedad al abuso de drogas, considerándolas como una falla moral y no como un problema de salud, lo que llevó a un énfasis en acciones punitivas en lugar de preventivas y terapéuticas. Hoy, gracias a la ciencia, nuestros puntos de vista y nuestras respuestas al abuso de drogas han cambiado dramáticamente. Los descubrimientos innovadores sobre el cerebro han revolucionado nuestra comprensión de la adicción a las drogas, permitiéndonos responder con eficacia al problema. (Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas, 2008, p. 1)

La declaración evoca la historia Whiggish de la psiquiatría. Sustituir la «enfermedad mental» por adicción da un recuento de libro de texto de la medicalización benéfica. Solíamos tratar a los enfermos mentales como malvados o poseídos, pero ahora, gracias a la neurociencia, los tratamos como pacientes. El cambio de paradigma fue progresivo de otra manera. Arregló las cosas. Hacer que el cerebro sea el órgano afectado, como ha escrito la historiadora Nancy Campbell, proporcionó «un marco unificado para un campo basado en problemas en el desorden conceptual» y permitió a los investigadores de la adicción aprovechar los recursos técnicos y la autoridad social de la neurociencia (Campbell, 2007, p 200).

El subtexto político de la declaración de Volkow es suficientemente claro: seguir financiando nuestra investigación. Lo que puede ser menos obvio es que virtualmente todas las afirmaciones históricas en la declaración son incorrectas o una forma de ilusión. Permítanme comenzar con el estado de las cosas antes de la década de 1930, una década presumiblemente elegida porque corresponde a la apertura de los hospitales federales de narcóticos y sus instalaciones de investigación. Ni la opinión popular ni la médica consideraban a todos los adictos como moralmente defectuosos. Las personas distinguían entre los casos médicos y los adictos no médicos con fondos de bajo mundo o delincuentes. Todos los yonkis eran adictos, pero no todos los adictos eran yonkis.

También hubo una buena investigación científica antes de los años treinta. El psiquiatra Lawrence Kolb, a quien un colega llamó ‘el Osler de la adicción a las drogas’, y quien trabajó más tiempo y más duro que nadie para establecer que la adicción era una verdadera enfermedad mental, comenzó sus investigaciones financiadas por el gobierno federal en 1923. Estos también incluían trabajo de laboratorio con monos. como el estudio sistemático de 230 casos humanos (Kolb, 1962; Courtwright, 2001a, Capítulo 5; Acker, 2002, Capítulo 5). La relegación de la obra de Kolb al basurero de la historia precientífica puede no haber sido completamente accidental. Su descubrimiento principal, que la adicción no médica estaba arraigada en la psicopatía y otros trastornos de personalidad preexistentes (y difíciles de tratar), no se ajustaba bien a la política de medicalización y a la metáfora fundamental del paradigma NIDA, de que las drogas podrían cambiar el cambio de adicción incluso cerebros normales.

En última instancia, puede resultar que la tensión entre la personalidad y los modelos de enfermedad cerebral sea más aparente que real. Investigaciones recientes han encontrado que los individuos impulsivos que buscan la emoción tienen menos receptores de dopamina D2 y D3 en la región ventral del cerebro medio, lo que significa que tienen menos inhibición de la dopamina y experimentan más recompensas cuando son estimulados por comportamientos de riesgo (Sanders, 2008). La propensión a la adicción y ciertos tipos de trastornos de la personalidad pueden tener denominadores comunes genéticos y / o epigenéticos. Esta posibilidad también ha sido debatida durante mucho tiempo. Investigadores de principios del siglo XX que investigaban los cigarrillos y la salud reflexionaron sobre si el tipo de persona atraída por el hábito de fumar podría ser tan causalmente importante para explicar los daños morales y físicos del hábito como el tabaco (Brandt, 2007, Capítulo 4).

Otros investigadores, en su mayoría propietarios de asilo, psiquiatras y médicos de salud pública, pensaban sistemáticamente en la naturaleza de la adicción incluso antes de que Kolb comenzara su trabajo en la década de 1920. Lo que sucedió a finales del siglo XX fue esencialmente la confirmación y la refundición de una serie de hipótesis astutas que estos pioneros aventuraron. Sostuvieron que el alcohol, el tabaco y otras adicciones a las drogas estaban relacionadas a través de una acción patológica común en el sistema nervioso, que fue alterada permanentemente por el uso repetido de drogas. De hecho, a menudo se referían a la nicotina y al alcohol como «narcóticos» o «narcóticos mortales». Creían que la pérdida de control era el aspecto más importante y preocupante de la adicción. Ellos sabían cómo conseguir pacientes a través de la abstinencia. El gran reto era cómo prevenir las recaídas. Ellos postularon que algunas personas eran más vulnerables a la adicción que otras, ya sea a través de una vulnerabilidad hereditaria o por una discapacidad adquirida relacionada con el estrés de sus sistemas nerviosos. En resumen, creían que la adicción era una enfermedad nerviosa crónica y recurrente con un componente tanto ambiental como hereditario. Lo que les faltaba eran los medios para probarlo (Courtwright, 2005).

La historia de la adicción como una enfermedad cerebral se parece mucho a la historia de los átomos o los gérmenes, en la medida en que estas eran todas ideas antiguas y controvertidas para las cuales la confirmación científica estuvo disponible más adelante. La instrumentación mejorada y las nuevas técnicas de laboratorio, junto con la infusión de dinero y el talento de la investigación en el campo, hicieron posible los descubrimientos fundamentales en la segunda mitad del siglo XX que sirvieron como bloques de construcción del paradigma actual del NIDA. Entre estos se encuentran la observación de la autoestimulación intracraneal en ratas; el descubrimiento de un sistema opioide endógeno; el mapeo de receptores específicos y la descripción de sus funciones; una comprensión de la sensibilización a drogas y morfología dendrítica; la unión de una vía mesolímbica de recompensa de dopamina que era distinta de las vías anatómicas responsables de la dependencia física y los síndromes de abstinencia; y, más recientemente, la ubicación de los polimorfismos de un solo nucleótido («recortes», o variaciones mínimas en las secuencias de ADN) que parecen estar relacionadas con el riesgo de convertirse en un adicto.

Las mejoras dramáticas en la neuroimagen también hicieron posible el equivalente de los estudios clínico-patológicos de Giovanni Morgagni. Morgagni fue pionero en el concepto anatómico de la enfermedad. Basó su estudio clásico de 1761, De Sedibus et Causis Morborum, en unos 700 estudios de casos que mostraron cómo las enfermedades con síntomas característicos afectaban a órganos particulares que presentaban lesiones características en el examen postmortem. Las imágenes permitieron mostrar patrones de cambio pre-mortem en el órgano primario que afecta a la adicción, el cerebro. Esta idea se hace explícita en Drogas, cerebros y comportamiento, que yuxtapone los escáneres de tomografía por emisión de positrones (TEP) de un corazón sano y enfermo con los de un cerebro sano y el «cerebro enfermo» de un abusador de cocaína. «La adicción es similar a otras enfermedades, como las enfermedades del corazón», explica la leyenda. «Ambos interrumpen el funcionamiento normal y saludable del órgano subyacente, tienen graves consecuencias perjudiciales, son prevenibles, tratables y, si no se tratan, pueden durar toda la vida» (Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas, 2008, pág. 5).

Algunas personas responden bien al tratamiento. Sin embargo, el nuevo paradigma no ha llevado a un gran aumento en nuestra capacidad de «responder con eficacia al problema», como afirma Volkow. Aquí está el corazón práctico de la cuestión. La prevalencia y la incidencia del uso indebido de drogas están determinadas en gran medida por variables demográficas como la migración, la estabilidad familiar y el tamaño de las cohortes de nacimiento, así como por fuerzas sociales como las guerras civiles financiadas con drogas dentro de los estados fallidos, estrategias de mercadeo farmacéutico, moda bohemia y aprendizaje generacional (y olvido) sobre los peligros de ciertas drogas. La comprensión patológica todavía está desconectada del control de la enfermedad, lo cual es inusual en la historia de la medicina y la salud pública. Como lo expresa la psiquiatra Sally Satel, un concepto de enfermedad no sirve de mucho a menos que conduzca a una «etiología procesable» (Satel, 2009).

Resistencia

Volkow hace otra afirmación cuestionable. Con la excepción de la marihuana medicinal y las iniciativas de despenalización de la marihuana en algunos estados, hay poca evidencia de que las actitudes populares hacia el abuso de drogas hayan «cambiado dramáticamente» en los Estados Unidos en el pasado reciente. Sorprendentemente, la política federal hacia las drogas ilícitas se volvió más, no menos, punitiva a medida que el paradigma de las enfermedades cerebrales se solidificaba en los años ochenta y noventa. La declaración de Volkow se reduce a una afirmación sobre la medicalización exitosa. Pero el campo del abuso de drogas se caracteriza por, en el mejor de los casos, la medicalización incompleta y disputada. Como el sociólogo francés, Robert Castel, ha observado, la medicina occidental convirtió la locura en una enfermedad durante el siglo XIX, y creó instituciones y terapias para controlarla. Pero esto no ha sucedido con la adicción, al menos no en la misma medida (Castel, 2008).

En cambio, al menos cuatro grupos importantes continúan luchando por el control del campo de la adicción. El personal médico se ocupa de los adictos como pacientes. La policía tiene un interés porque la conducta adictiva a menudo conduce al crimen y a daños personales y sociales. Los científicos sociales consideran la adicción como una construcción social, así como una forma de comportamiento social. Los actores políticos, por lo que me refiero a los grupos de interés organizados, así como a los funcionarios designados y los políticos electos, son en cierto modo los actores más importantes, porque en última instancia determinan los detalles de las políticas de control de drogas y tratamiento de la adicción.

Una forma de describir la historia moderna de la política de los Estados Unidos hacia el uso no médico de drogas y la adicción es describir las diferentes fortunas de estos cuatro grupos. La aplicación de la ley dominó desde principios de la década de 1920 hasta mediados de la década de 1960, un período que los historiadores llaman «la era clásica del control de narcóticos», clásico en el sentido de simple y rígido (Acker, 2002, p. 7). Pero, desde mediados de la década de los sesenta hasta mediados de los setenta, los actores médicos y sociocientíficos ganaron influencia. Esta fue una época de prometedores nuevos enfoques terapéuticos, mantenimiento con metadona, el nacimiento de NIDA, la eflorescencia de la etnografía de drogas y una audiencia creciente para el trabajo de sociólogos e historiadores que disintieron de la línea oficial. Sin embargo, la era del glasnost de drogas fue breve. El personal policial recuperó su influencia a fines de los años 70 y 80, incluso cuando el NIDA estaba recogiendo los primeros frutos de las nuevas investigaciones científicas. Eso plantea una pregunta obvia: ¿por qué los políticos no se subieron al carro de la medicalización? Después de todo, proporcionaron los fondos que hicieron posible el avance de la enfermedad cerebral.

La respuesta corta es que los políticos estadounidenses habían descubierto un carro aún más atractivo, el de la reacción selectiva. Contra lo que se reaccionó fue el aumento de la delincuencia, los disturbios raciales, la experimentación juvenil de drogas, la permisividad sexual y la irresponsabilidad liberal ampliamente asociada con los años sesenta. Comenzando con la exitosa carrera de Ronald Reagan para la gobernación de California en 1966 y la exitosa carrera de Richard Nixon para la presidencia en 1968, las apelaciones al popular liberalismo se convirtieron en una parte importante de la estrategia electoral republicana.

Sin embargo, los republicanos se enfrentaron a un dilema. Podían postularse para cargos públicos como reaccionarios sociales, pero no podían gobernar como reaccionarios sociales, al menos no en todos los ámbitos. Nadie iba a volver a criminalizar el aborto, traer de vuelta la oración obligatoria en la escuela, hacer retroceder los derechos civiles, volver a imponer la censura y aferrarse a los votantes centristas. Lo que pudieron y finalmente hicieron fue abordar de manera selectiva los problemas de reacción negativa donde una gran mayoría, incluidos los centristas, exigían un cambio. Los tres más importantes de estos, todos entrelazados con raza, clase y género, fueron las sentencias penales, la reforma de la asistencia social y la guerra contra las drogas.

Richard Nixon fue el primer presidente republicano en declarar y luchar en una guerra contra las drogas, aunque inicialmente combinó nuevos enfoques médicos y de aplicación de la ley para el problema. El atractivo político de una política punitiva más restringida se hizo evidente en enero de 1973 cuando el gobernador de Nueva York y el perenne candidato presidencial, Nelson Rockefeller, propuso condenas a cadena perpetua obligatorias para los narcotraficantes. Ya era suficiente, dijo Rockefeller. Las encuestas mostraron que dos tercios de los residentes del estado estaban de acuerdo con él (Massing, 1998, pp. 126-128). Nixon comprendió de inmediato la lógica electoral de las estrictas sentencias obligatorias. «Rocky puede montar la cosa por todo lo que vale», dijo a sus ayudantes, Bob Haldeman y John Ehrlichman (Nixon, 1973). Tres meses más tarde, Nixon propuso de manera imitativa sus propios aumentos en las sanciones federales por tráfico de heroína.

La escalada del escándalo de Watergate en la primavera y el verano de 1973 desbarató la propuesta de Nixon, y mucho más en su programa doméstico. Sin embargo, cuando los republicanos regresaron a la Casa Blanca en 1981, el problema de las drogas aún brindaba excelentes oportunidades políticas. Le dio a la Primera Dama Nancy Reagan los medios para recuperar su imagen y, en última instancia, obtener índices de aprobación superiores a los de su popular marido. Le dio al presidente Reagan la oportunidad de pronunciar uno de sus discursos más dramáticos y populares, la declaración de guerra contra las drogas del 14 de septiembre de 1986, que hizo conjuntamente con la primera dama. Le dio al presidente George H. W. Bush la ocasión para su primer discurso televisado a nivel nacional, en el que mostró una bolsa de crack incautada cerca de la Casa Blanca. Le dio al zar de las drogas, Bill Bennett, un púlpito y la oportunidad de pulir sus credenciales de «guerrero de la cultura». Y le dio al presidente George W. Bush, quien aprobó aumentos anuales en el presupuesto de control de drogas, otra salida para su conservadurismo de gran palo y gran gobierno.

Lo que la guerra contra las drogas dio a los demócratas fue en su mayoría dolores de cabeza. Contribuyó a la caída en 1994 del Cirujano General Jocelyn Elders quien, entre sus otros pecados liberales, había sugerido la posibilidad de estudiar la legalización de las drogas. Evitó que el presidente Bill Clinton se moviera demasiado rápido como para abarcar la medicación o la reducción de daños por temor a ser juzgado como un guerrero de la droga débil. Por razones de ideología y temperamento moral, los demócratas fueron (y siguen siendo) el partido más abierto a la medicalización. Sin embargo, los políticos demócratas sabían, por amarga experiencia, que pagarían un precio por parecer poco agresivos con las drogas, tal como Clinton comprendió que pagaría un precio si no firmaba el proyecto de ley de reforma de la asistencia social de 1996 aprobado por un Congreso republicano (Courtwright, de próxima aparición).

Más allá del cálculo partidista, hubo una razón más sutil por la cual los funcionarios del NIDA no lograron atraer a los actores políticos lejos de la guerra contra las drogas. Era que su paradigma reforzaba la lógica de la reducción estricta de la oferta. Al igual que la hoja que se ha teñido, el cerebro adicto nunca podría convertirse en inadvertido. Se pudo aprender a vivir con el nuevo color, pero la respuesta más segura fue la prevención: mantener el tinte alejado de la hoja. Como a John D. Rockefeller Sr. le gustaba contar sus clases de escuela dominical, no puedes convertirte en un borracho si nunca tomas tu primer trago (Chernow, 1998, p. 190). Harry Anslinger, jefe de la Oficina de Narcóticos durante mucho tiempo, hizo una observación similar sobre la morfina y otros medicamentos narcóticos. ¿Por qué, quería saber Anslinger, los médicos tenían tasas de adicción que eran mucho más altas que las de los abogados? ¿Se debía a que los médicos en su clase eran más débiles o más sociopáticos que los abogados? No, era simplemente que los médicos estaban expuestos a las drogas de una manera que los abogados no lo estaban. En el fondo, la tasa de adicción estaba en función de la disponibilidad. El control de la disponibilidad era, por lo tanto, una prioridad (Maisel, 1945).

El mismo razonamiento se aplicó al cannabis o la cocaína o cualquier otra sustancia adictiva. El punto final de fumigar cultivos ilícitos, cazar traficantes e imponer penas de prisión fue reducir la prevalencia de la adicción y los problemas relacionados, como sobredosis y accidentes. De manera reveladora, la Administración de Control de Drogas casi plagió el lenguaje de NIDA para describir los peligros a largo plazo de las drogas como la metanfetamina. El abuso podría desencadenar la adicción, «una enfermedad crónica y recurrente, caracterizada por la búsqueda compulsiva de drogas y el uso de drogas que se acompaña de cambios funcionales y moleculares en el cerebro» (DEA, 2009). El interruptor girado sirvió como una advertencia para los incautos y como una carta de triunfo de la política. Los críticos de la guerra contra las drogas todavía podrían criticar tácticas específicas como ineficaces o contraproducentes o demasiado costosas. Pero, si el modelo de enfermedad cerebral era correcto, y la exposición al fármaco condujo inevitablemente a una adicción catastrófica en un porcentaje significativo de casos, la estrategia fundamental de la persecución para reducir el suministro fue difícil de criticar.

La refutación habitual era que los esfuerzos de aplicación de la ley para reducir la oferta a menudo eran contraproducentes. La presión legal en un lugar alentó la fabricación clandestina en otros, al igual que la interrupción de las rutas de tráfico existentes alentó a los contrabandistas a encontrar alternativas. Tarde o temprano, las drogas ilícitas comenzaron a «filtrarse» dondequiera que fueron fabricadas o transbordadas. El resultado fue un abuso más generalizado entre las poblaciones que antes eran de bajo uso, como ocurrió en México, donde el número de adictos se duplicó entre 2002 y 2009 (Beith, 2009).

La consecuencia fue que el uso de drogas se extendió aún más rápido cuando no está regulado o mal regulado, como lo demuestran las muchas y lejanas epidemias de drogas del siglo XIX. Concomitantes o no, el principio de utilidad dictaba que los estados modernos castigan a quienes venden drogas peligrosas fuera de los canales médicos aprobados. Más prácticamente, los efectos de «empujar hacia abajo, pop-up» de la aplicación de la ley a menudo eran remotos, un problema en el patio trasero de otra persona. A lo que respondieron los republicanos en los años 70 y 80 fue la creciente presión de los electores de clase media organizados e influyentes para hacer algo ahora mismo sobre la amenaza para sus hijos. Que la respuesta de la política quedara atrapada en la corriente de la política moral competitiva y superara las caídas de la reacción legislativa no fue de ninguna manera la acción del NIDA. Sin embargo, en retrospectiva, la nueva ciencia de la agencia respaldó el mensaje del viejo comercial de la sartén de la droga: una vez que el cerebro de su hijo se hundió en una grasa neurotóxica, se mantuvo frito.

La metáfora se puede cambiar: las autoridades normalmente no castigan a las víctimas de quemaduras juveniles, incluso si estuvieran jugando con fósforos. Aunque el paradigma de las enfermedades cerebrales ofrecía ayuda y comodidad a los proveedores de suministros, también proporcionaba un argumento moral a sus oponentes. Si la adicción estaba más allá del control del individuo, el castigo criminal era tan inapropiado como encarcelar a un esquizofrénico que ingresaba a una sala de emergencias. «La decisión inicial de tomar drogas es principalmente voluntaria», explica Drogas, cerebros y comportamiento. «Sin embargo, cuando el abuso de drogas se hace cargo, la capacidad de una persona para ejercer el autocontrol se ve seriamente afectada. Los estudios de imágenes cerebrales de individuos adictos a las drogas muestran ‘- Morgagni de nuevo -‘ cambios físicos en áreas del cerebro que son críticos para el juicio, la toma de decisiones [sic], el aprendizaje y la memoria, y el control del comportamiento ‘(NIDA, 2008, pág. 7).

La pérdida de control patológica ha sido durante mucho tiempo una consideración fundamental de la ética médica. Además, parece poco probable que la política estadounidense posterior a 1973 hubiera asumido un carácter tan punitivo si los médicos se hubieran opuesto activamente. La medicina organizada apenas carecía de influencia política. Había ejercido con éxito esa influencia en otras ocasiones, especialmente en oposición al seguro de salud nacional, para bloquear la legislación que contaba con un amplio apoyo. Si en los años 80 y 90 se hizo evidente que la adicción era realmente una enfermedad cerebral, ¿por qué la profesión médica y sus aliados no lucharon en gran medida contra la guerra contra las drogas orientada hacia la prisión? ¿Por qué, para el caso, siguen siendo en gran medida consensuados?

La respuesta más obvia es que el modelo de enfermedad cerebral hasta ahora no ha dado mucho valor terapéutico práctico. Los clínicos han adquirido algunas drogas, como Wellbutrin y Chantix para fumadores, Campral para alcohólicos o buprenorfina para adictos a la heroína, pero no hay balas mágicas. Atrapados en el limbo terapéutico, con una visión patológica pero con poca capacidad para curar la patología subyacente, no han tenido una alternativa clínica de rutina a los enfoques dominantes de la oferta.

Contrafactualmente, si el modelo de enfermedad cerebral alguna vez produce una farmacoterapia que frene el deseo o una vacuna que bloquee la euforia de las drogas, como esperan algunos investigadores (Condon, 2006), deberíamos esperar una rápida medicalización del campo. Bajo esas circunstancias dramáticamente rentables, los políticos y la policía estarían más dispuestos a entregar la autoridad a los médicos. Incluso si no estuvieran dispuestos, la carga fiscal del encarcelamiento masivo ha llegado al punto en que los votantes podrían obligarlos a hacerlo. Las compañías farmacéuticas también tendrían un interés financiero en utilizar cualquier descubrimiento terapéutico para medicalizar la adicción, como lo han hecho con Viagra y la «disfunción eréctil», la hormona del crecimiento humano y la «baja estatura idiopática», y Paxil y la timidez, el «trastorno de ansiedad social» rebautizado (Conrad, 2007).

Otra razón por la que los médicos aceptaron el statu quo fue que la guerra contra las drogas, por todos sus excesos, nunca puso en peligro su capacidad para prescribir medicamentos que alteran el estado de ánimo. Richard DeGrandpre ha criticado la división de la farmacopea en medicamentos no médicos «del diablo» y medicamentos médicos «ángel». Los últimos, argumenta, estaban protegidos y privilegiados por intereses farmacéuticos, burócratas e investigadores médicos, incluido el establecimiento de enfermedades cerebrales NIDA. Ya sea que la programación actual de las drogas sea o no realmente irracional (o, para el caso, dicotómica), nunca ha sido tan agresiva que la medicina organizada sintió que tenía que rebelarse. Por el contrario, muchos críticos piensan que la prescripción sigue estando poco regulada. Los médicos, instigados por investigadores de renombre en el pago de las compañías farmacéuticas, han recetado demasiados medicamentos psicoactivos no probados y peligrosos para demasiados pacientes, incluidos niños pequeños (DeGrandpre, 2006; Angell, 2009).

Finalmente, ¿por qué los científicos sociales tardaron en adoptar el paradigma NIDA? Algunos de ellos, como los psicólogos Stanton Peele (1998) y Bruce Alexander (2008), simplemente pensaron que estaba equivocado en sus méritos, que no estaba atento a los valores individuales y al contexto social. DeGrandpre ha argumentado de manera similar que se establece y establece que la materia, no solo las neuronas en escabeche en un mar de toxinas exógenas. Más allá de eso, hubo fuertes sesgos disciplinarios en el trabajo. Los científicos sociales han sido durante mucho tiempo sospechosos colectivamente de cualquier cosa que huele a esencialismo biológico. Las explicaciones biológicas, después de todo, tienen un lado oscuro notorio, que se han utilizado para estigmatizar, explotar y exterminar a los grupos minoritarios. En un nivel, el escepticismo sociocientífico sobre el paradigma NIDA fue parte de un patrón más amplio de resistencia post-II Guerra Mundial contra las explicaciones biológicas del comportamiento, la investigación genética y el renacimiento neo-darwiniano (Degler, 1991).

Aunque esa resistencia recientemente ha mostrado signos de disminuir, todavía es muy evidente entre la vieja guardia de las ciencias sociales. Troy Duster, un sociólogo influyente que ha escrito sobre drogas, desviación, raza y ciencia, destacó la preocupación en su discurso presidencial de 2005 ante la Asociación Americana de Sociología. Habló con franqueza sobre el desafío de la autoridad científica y ‘la expansión concomitante de las bases de datos sobre marcadores y procesos «dentro del cuerpo»’. Para Duster, la ciencia reduccionista era el enemigo en las puertas, que amenazaba con deshacer el fondo y marginar a la sociología, atraer la atención de las fuerzas sociales y económicas decisivas y dominar el proceso de políticas (Duster, 2006, p. 1).

Otra forma de decir esto es que tanto los científicos sociales como los neurocientíficos aún viven en sus propias comunidades académicas cerradas, que se comprometen en un vigoroso mantenimiento de límites y que defienden sus propias variables maestras disciplinarias y subdisciplinarias. Hay mucho más en juego en el debate sobre las enfermedades cerebrales que nuestra comprensión de la adicción. En el fondo, es realmente un argumento de alto nivel sobre cómo debemos entender el comportamiento humano, la motivación y el placer, y sobre qué políticas debemos adoptar para regularlo.

Escisiones

Sin embargo, tal resistencia académica de ninguna manera implica el fracaso de la teoría de la enfermedad cerebral. Todos los nuevos paradigmas científicos encuentran oposición, muchos de ellos motivados social o políticamente. Los paradigmas que pueden explicar los problemas familiares y los enigmas no resueltos suelen vencer al final, asumiendo el manto de la nueva «ciencia normal» (Kuhn, 1970).

Una de las fortalezas del paradigma NIDA ha sido su capacidad para arrojar luz sobre cuestiones de investigación fundamentales en otros campos, como la base neuronal del aprendizaje y la memoria, o la naturaleza de las adicciones conductuales. Los investigadores han demostrado que las señales de recompensa «iluminan» las mismas vías neuronales en las adicciones del comportamiento y las drogas, y que los antagonistas opiáceos como la naltrexona tienen valor en el tratamiento de trastornos como el juego compulsivo (Vrecko, 2010). Estos hallazgos sorprendentes legitiman la idea de que algunas personas con malos hábitos son realmente adictas. También refuerzan el paradigma NIDA. Los científicos favorecen las teorías que demuestran ser parsimoniosas y unificadoras, como la evolución darwiniana. De hecho, el paradigma NIDA extiende la teoría evolutiva. Michael Kuhar ha argumentado que, debido a que el cerebro evolucionó junto con los neurotransmisores, generalmente puede manejar su química interna bastante bien. Pero no evolucionó conjuntamente con los medicamentos, entendidos como superneurotransmisores completamente exógenos y recientemente introducidos que pueden anular los mecanismos de control del cerebro. Las drogas pueden estimular las neuronas de recompensa durante minutos u horas en lugar de los milisegundos habituales antes de la recaptación. No es de extrañar que las drogas y sus señales causen una impresión tan duradera en la memoria, o que tengan tal capacidad de perjudicar el juicio (Kuhar, 2010).

Esto me lleva a mi propia investigación. Independientemente de los defectos que pueda haber identificado en su historia oficial, me considero uno de los beneficiarios del paradigma NIDA. Me guió cuando escribí Forces of Habit, un estudio sobre la difusión y comercialización de los recursos psicoactivos del planeta. Noté que las drogas más populares comercialmente afectaban invariablemente, directa o indirectamente, el sistema de recompensa que los neurocientíficos consideraban fundamental para la motivación y el deseo. Eso no podría ser una coincidencia. La recompensa de la dopamina ayudó a explicar por qué una droga exótica, extrañamente consumida, aparentemente diabólica, como el tabaco, que a menudo se enfrentaba a una feroz resistencia oficial, se aplicaba a todos los lugares donde se introdujo en el mundo moderno. La recompensa de dopamina también ayudó a explicar por qué la exposición era tan importante y por qué la proximidad al suministro era, con mucho, la variable más importante para explicar las tasas de adicción en diferentes países.

La investigación sobre las formas en que las drogas aumentaron sinérgicamente los niveles de dopamina me ayudó a comprender por qué las nuevas prácticas de combinación, como fumar tabaco mientras bebían alcohol, habían echado raíces juntos. La alteración permanente de las neuronas y el desarrollo de la adicción en algunos, pero no todos, los usuarios también ayudaron a explicar el atractivo comercial y fiscal de las drogas, en la medida en que eran bienes no duraderos con curvas de demanda relativamente inflexibles. Incluso los usuarios no adictos tienden a consumir más con el tiempo, debido a la tolerancia (Courtwright, 2001b, Capítulo 5). Por supuesto, la biología no era toda la historia. Las influencias sociales, como cuando los jóvenes fumaban en imitación de los adultos, también desempeñaban papeles importantes. Pero el punto más grande permanece. Alguien en una disciplina no relacionada, la historia, pudo recurrir a la investigación patrocinada por NIDA para obtener información y resolver acertijos.

Esto sugiere una analogía final. El paradigma NIDA y la neurociencia detrás de él aún pueden demostrar ser una versión reducida del programa de espacio tripulado. A pesar de que la NASA no logró su objetivo central a largo plazo (acceso humano, rutinario y confiable al espacio), demostró la posibilidad de viajar más allá de la atmósfera y produjo una cantidad de «escisiones». Entre los reclamados por la NASA se encuentran los marcapasos programables, la purificación de desechos, la energía solar, los aparatos inalámbricos, la cirugía con láser, las pantallas de cristal líquido, los adhesivos epoxi, las computadoras portátiles, el procesamiento en paralelo y las imágenes digitales del cuerpo. La última, por supuesto, es una herramienta clave para los investigadores de NIDA (Administración Nacional Aeronáutica y del Espacio, 1992). Aunque es demasiado pronto para emitir un juicio, parece posible que la propia investigación de la enfermedad cerebral del NIDA siga una trayectoria similar. Es decir, puede fracasar en su objetivo político central, la medicación de una enfermedad tratable, y aun así lograr triunfos científicos y generar innovaciones en otros campos. No sería, después de todo, la primera vez que la política y la ciencia tomaran caminos separados.

Sobre el Autor

David Courtwright ha escrito sobre la historia del uso de drogas y la política de drogas en libros como Addicts Who Survived (1989), Dark Paradise: A History of Opiate Addiction in America (2001) y Forces of Habit: Drugs and the Making the Modern World (2001). Actualmente es profesor presidencial en el Departamento de Historia de la Universidad del Norte de Florida.

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Sistema dopaminérgico y adicciones

Origen:
Corominas M. (et al.) (2007):
Sistema dopaminérgico y adicciones.
REV NEUROL 2007; 44: 23-31

PDF.

Objetivo. Todas las sustancias psicoactivas con alto potencial de abuso se caracterizan por alterar la función del sistema de neurotransmisión dopaminérgico mesocorticolímbico. En este artículo se propone realizar una revisión de los mecanismos neurobiológicos que están en la base del desarrollo del trastorno adictivo.

Desarrollo. La ingesta aguda de drogas provoca un aumento de los niveles de dopamina extracelular que, en individuos vulnerables, puede significar el inicio del proceso adictivo. El consumo crónico se acompaña de una disminución de la función dopaminérgica con desarrollo de cambios neuroadaptativos en las vías mesolímbicas y mesocorticales. En el córtex prefrontal, los cambios en la función dopaminérgica pueden producir un desequilibrio entre los receptores D1 y D2, con un predominio de las funciones inhibitorias de esta estructura. La inervación dopaminérgica de la amígdala y su interacción con el núcleo accumbens desempeña un papel esencial en el condicionamiento de estímulos ambientales, capaces de desencadenar el deseo de consumo y la recaída. En pacientes dependientes, los cambios dopaminérgicos se extienden desde las regiones límbicas a las asociativas y sensoriomotoras del estriado, y afectan a los circuitos corticoestriatocorticales.

Conclusión. La implicación del sistema dopaminérgico es crucial en el desarrollo de la adicción, desde las primeras fases en que el consumo de droga empieza como una conducta instrumental dirigida a un objetivo, hasta la consolidación de la adicción como hábito compulsivo, controlado por mecanismos estímulo-respuesta, que invade, progresivamente, todas las esferas de la vida del individuo. [REV NEUROL 2007; 44: 23-31]

Introducción

La adicción es uno de los mayores problemas de salud que tienen planteados los países occidentales. El término ‘adicción’ hace referencia a un conjunto de trastornos psíquicos caracterizados por una necesidad compulsiva de consumo de sustancias psicotropas con alto potencial de abuso y dependencia (drogas) –que progresivamente invade todas las esferas de la vida del individuo (familia, sociedad, relaciones sociales, trabajo…)– y por un desinterés hacia conductas, experiencias y placeres alternativos que antes habían formado parte de la vida del individuo afectado, todo ello a pesar de las consecuencias extraordinariamente negativas que el consumo comporta. En las últimas décadas se han realizado grandes avances en el conocimiento de las bases neurobiológicas de la adicción, lo que ha permitido cambiar completamente la conceptualización de este trastorno, que ha evolucionado desde considerarse un vicio a contemplarse como un trastorno psicoorgánico crónico que requiere tratamientos psicomédicos adecuados. Sin embargo, hay aspectos cruciales del proceso adictivo que permanecen todavía sin resolver. Uno de ellos es el deseo intenso de consumo (craving), que constituye uno de los mayores problemas con que se enfrenta el paciente adicto desintoxicado durante la abstinencia, y otro, no menos importante, los mecanismos neurobiológicos y psicopatológicos que subyacen a las frecuentes recaídas en los hábitos tóxicos, que se presentan incluso después de mucho tiempo de abstinencia.

En la mayoría de casos, el uso de drogas no desemboca en adicción o dependencia. Efectivamente, el uso de sustancias psicoactivas por el placer que producen data de las épocas más antiguas de la civilización, pero el placer como tal forma parte sólo de los momentos iniciales de consumo de la droga. Con la exposición crónica se desarrolla dependencia, con los déficit cognitivos, emocionales y conductuales que la acompañan; sin embargo, no todos los individuos que entran en contacto con sustancias psicoactivas llegan a las fases finales de este trastorno psicopatológico. Para que la adicción se desarrolle con todas sus consecuencias deben confluir en un mismo individuo factores de vulnerabilidad previa al consumo de las sustancias y, quizá también, una configuración especial de los mecanismos neurobiológicos que induce, con facilidad, los procesos neuroadaptativos y de plasticidad neuronal característicos de la adicción.

El objetivo de este trabajo es revisar los aspectos más relevantes de la implicación del sistema dopaminérgico en el consumo de drogas, relacionándolos con los cambios comportamentales que caracterizan el proceso adictivo desde el inicio del consumo de la sustancia adictiva hasta la consolidación de la drogodependencia.

Dopamina y consumo crónico de drogas

El sistema dopaminérgico es uno de los elementos cruciales en el trastorno adictivo, cuya implicación e importancia han confirmado repetidamente los estudios realizados en este campo. Estudios experimentales sobre roedores han puesto de manifiesto que la administración aguda de psicoestimulantes [1], alcohol [2-6] y opiáceos [7,8] provoca un incremento en la actividad del sistema dopaminérgico de recompensa, que en individuos vulnerables puede significar el inicio del proceso adictivo [9, 10]. En este sentido, las sustancias adictivas se comportan de manera similar a las recompensas naturales (la bebida, el sexo o las relaciones sociales) [11,12]; sin embargo, a diferencia de éstas, las sustancias adictivas inducen sensibilización dopaminérgica, sobre todo cuando se consumen de forma repetida e intermitente [13,14].

La adicción comienza como una conducta instrumental cuyo objetivo –obtención y consumo de la droga– es estimulado por las cualidades hedónicas de la sustancia, con el aumento subsiguiente de la frecuencia de consumo. La dopamina mesolímbica es el neurotransmisor crucial en el aprendizaje apetitivo instrumental [15,16]. Durante el consumo crónico se produce una situación bifásica en la liberación de dopamina. Por una parte, en el momento de la ingesta existe una elevación de los niveles de dopamina extracelular, y por otra, al cesar el consumo, se manifiesta una disminución de la liberación endógena de dopamina. La hipofunción dopaminérgica endógena se ha observado durante la abstinencia de las distintas drogas de abuso, cocaína [17-22], morfina [23,24], alcohol [25-27] y nicotina [28], y afecta de manera especial al estriado ventral [29-31]. Durante la abstinencia, la hipofuncionalidad dopaminérgica se asocia a cambios neuroadaptativos que afectan, principalmente, a los circuitos de recompensa. Estudios recientes han puesto de manifiesto un aumento de la actividad del AMPc y del factor de transcripción CREB (cAMP response element binding protein) en el núcleo accumbens (NAc), que a su vez provocaría una hipoactividad en los circuitos de la recompensa que podría ser responsable del estado de ánimo disfórico durante las primeras fases de la abstinencia [10]. Además, el incremento de la actividad AMPc y la inducción subsiguiente de CREB son responsables de un aumento de la expresión del péptido opioide dinorfina en algunas de las neuronas espinosas intermedias de proyección del NAc. La dinorfina produce, a su vez, una disminución de la liberación de dopamina en el NAc que acentuará el estado de ánimo disfórico que caracteriza a la abstinencia [10,32]. El déficit en la actividad dopaminérgica durante el curso crónico podría contribuir a los fenómenos de hipersensibilidad dopaminérgica descritos en los modelos experimentales [33] y podría ser uno de los sustratos neurobiológicos de la recaída en el consumo.

Receptores dopaminérgicos estriatales

El consumo crónico de sustancias adictivas favorece el desarrollo de cambios neuroadaptativos que afectan a distintos niveles del sistema dopaminérgico [34].

Receptores D1

Los receptores dopaminérgicos D1 desempeñan un papel crucial en el desarrollo de la adicción y se han relacionado con la sensibilización inducida por el consumo crónico de drogas, en especial por los psicoestimulantes. Dos tipos de cambios neuroadaptativos afectan a los receptores D1: por una parte, se ha descrito una regulación al alza de los receptores D1 que, en estudios realizados en roedores, se manifiesta durante los primeros días de abstinencia tras la interrupción de la administración de cocaína [35-37], alcohol [38,39] y opiáceos [40]. El aumento en la densidad de D1 implica tanto al NAc como al estriado dorsal. En primates se ha evidenciado, también, una regulación al alza de los receptores D1 en algunas regiones del estriado [41]. Por otra parte, la sensibilización inducida por el consumo crónico de la droga se ha asociado a un aumento de la respuesta de los receptores D1, que persiste durante un mes después del inicio de la abstinencia [42,43]. Tanto la regulación al alza de D1 como el incremento de la respuesta de este receptor desempeñan un papel importante en la sensibilización dopaminérgica inducida por el consumo crónico de drogas de abuso.

Receptores D2

Uno de los parámetros más estudiados en la adicción a sustancias es la densidad de receptores dopaminérgicos de la familia D2 (D2-like); sin embargo, los datos existentes en la literatura científica son a veces contradictorios. En roedores, se ha descrito una regulación al alza de los receptores D2 que implica tanto al NAc como al estriado dorsal. El aumento en la densidad de D2 se ha observado tras la interrupción de la administración repetida de cocaína [36,44-46], alcohol [38,47,48] y opiáceos [49]. Sin embargo, otros trabajos de investigación aportan datos que no son coincidentes con los anteriores, ya que no han hallado cambios en la densidad de los receptores dopaminérgicos después de la administración repetida de drogas de abuso e, incluso, otros han descrito una disminución de la densidad de estos receptores en la región del estriado [50-53].

Recientemente se ha relacionado un subtipo de receptores de la familia D2, los receptores D3, con la sensibilización dopaminérgica asociada a la administración repetida de estimulantes. Los receptores D3 están presentes normalmente en el Shell del NAc, pero no lo están o se expresan en muy poca proporción en el core del NAc y en las regiones dorsales del estriado. En roedores a los que se ha lesionado unilateralmente la vía nigroestriada, se ha registrado una regulación al alza de la densidad de los receptores D3 tras la administración repetida de agonistas dopaminérgicos, que se asocia a un aumento de la actividad motora. El aumento de D3 se produce precisamente en regiones del estriado dorsal y en el core del NAc, donde D3 está normalmente ausente [54]. Actualmente se conoce que la expresión de los receptores D3 depende del factor neurotrófico BDNF y se ha sugerido que este receptor podría ser, en parte, responsable de la sensibilización dopaminérgica y de los síntomas de tipo psicótico, inducidos en algunos individuos, por el consumo de psicoestimulantes [55,56].

En humanos adictos, los resultados obtenidos en relación con la densidad de receptores D2 es mucho más homogénea que en los estudios experimentales en animales. En este sentido, se ha descrito una regulación a la baja de los receptores dopaminérgicos en el estriado de los pacientes en comparación con los controles sanos. La disminución de D2 se ha observado en pacientes adictos a los psicoestimulantes, como la anfetamina [57] y la cocaína [58], y en la adicción a los opiáceos [59] y al alcohol [30,60]. En pacientes con dependencia del alcohol se han observado diferencias individuales en la densidad de receptores dopaminérgicos estriatales tras la desintoxicación, que podrían ser relevantes en los procesos de recaída. En un estudio, los pacientes que recayeron de manera precoz mostraron una mayor disponibilidad de receptores D2 (que podría implicar menor nivel de dopamina sináptica o mayor densidad de receptores) que los pacientes que se mantuvieron abstinentes [61].

Algunos autores han propuesto que la disminución en la expresión de los receptores D2 en pacientes adictos podría preceder a la adicción y estar presente antes del primer contacto con la droga. Datos procedentes de distintos estudios avalan esta hipótesis. En pacientes dependientes, la disminución de la densidad de D2 persiste después de varios meses de abstinencia [62]. En primates se ha descrito una relación entre la reducción de D2 y la predisposición al consumo de cocaína [63]. Los estudios genéticos han relacionado la adicción a sustancias con el alelo A1 del gen DRD2 [64], que también desempeña un papel importante en las adicciones no químicas, como el juego patológico [65]. La disfunción de los receptores D2 podría estar en la base de lo que se ha denominado ‘síndrome de déficit de recompensa’ [66], que predispondría a las conductas adictivas como un intento de compensar la sensación básica de malestar (automedicación) [67].

Considerando en conjunto estos resultados, y a pesar del consenso actualmente aceptado acerca de la disminución de la densidad de D2 en humanos adictos, no puede descartarse la coexistencia simultánea de fenómenos de sensibilización en estos receptores (regulación al alza), sobre todo durante las primeras fases de la abstinencia. La sensibilización de los receptores dopaminérgicos, que afectaría principalmente al subtipo D3, quedaría enmascarada por procesos de neuroadaptación con una regulación a la baja de D2 y, posiblemente también, por la coexistencia de una expresión disminuida de D2, genéticamente determinada, que podría actuar como factor de vulnerabilidad para la adicción.

Área tegmental ventral

El área tegmental ventral (ATV) desempeña un papel crucial en la sensibilización inducida por el consumo crónico de drogas, en especial de los psicoestimulantes [68,69].

Función dopaminérgica prefrontal

El córtex prefrontal (CPF) está implicado en los aspectos motivacionales de la conducta dirigida a objetivos [70,71] y su alteración funcional puede explicar, en parte, la conducta compulsiva de búsqueda de droga que caracteriza la adicción [72]. Aunque la densidad de receptores dopaminérgicos en las regiones prefrontales es mucho menor que en el estriado [73], los cambios neuroadaptativos en los receptores D1 y D2 prefrontales provocados por el consumo crónico desempeñan un papel fundamental en el curso de la adicción. Las células piramidales del CPF tienen un potencial de reposo bifásico con un estado muy negativo (estado bajo), que puede ser superado (aunque sin alcanzar el nivel de descarga) por la estimulación proveniente del ATV, que induce un potencial de membrana superior (estado alto). El estado de despolarización (estado alto) se mantiene, probablemente, por la acción de la dopamina sobre los receptores D1. El estado alto favorecería el mecanismo de potenciación a largo término (PLT), relacionado con mecanismos de neuroplasticidad, al mismo tiempo que se reduce el disparo de las neuronas prefrontales. La disminución de la actividad de las células prefrontales se interpreta como un mecanismo de filtrado de la información irrelevante que favorece la atención en las tareas relevantes y motivadas [74]. Recientemente se han descrito cambios funcionales neuroadaptativos en las células piramidales del CPF durante el consumo crónico, que afectan a la proteína G del sistema de señalización intracelular del receptor dopaminérgico D1. Ello induce un desequilibrio entre los receptores D1 y D2, que favorece la actividad de tipo D1 en detrimento de la actividad propia de los receptores D2 [75]. El predominio de la actividad D1 favorece un estado inhibitorio en el que sólo los estímulos más fuertes pueden provocar activación y motivar la conducta. En estas condiciones, en pacientes adictos, sólo la droga y los estímulos asociados a la droga (y no los reforzadores naturales) son suficientemente fuertes para provocar la liberación de la dopamina necesaria para activar el CPF y sobrepasar la inhibición producida por el predominio de la activación de los receptores D1 [74,76].

Los estudios experimentales han mostrado que, en las fases iniciales, la administración continuada de cocaína afecta sólo a algunas regiones del CPF [77] y que, a medida que la adicción progresa, la afectación del CPF avanza influyendo profundamente en la capacidad funcional de esta estructura. Los cambios en la función del sistema dopaminérgico en el CPF son responsables de algunas de las alteraciones cognitivas propias de la adicción, como la falta de flexibilidad cognitiva y la dificultad para cambiar el foco de atención. Estas alteraciones están también presentes en otros trastornos psiquiátricos, como la esquizofrenia [78].

Con la finalidad de tratar la adicción a sustancias se han realizado estudios farmacológicos que han evaluado la utilidad de diferentes fármacos dopaminérgicos en el tratamiento de las alteraciones que afectan al CPF. Algunos estudios han evaluado el uso de agonistas dopaminérgicos en el control de los efectos de la exposición repetida a drogas de abuso como la anfetamina. La infusión de agonistas de los receptores dopaminérgicos D1 en el CPF medial normaliza los déficits conductuales en ratones sometidos a un programa de sensibilización con anfetamina [79]. Por otra parte, las microinyecciones de antagonistas de los receptores dopaminérgicos D1 y D2 en el CPF han demostrado ser útiles en la prevención de la recaída en el consumo, en situaciones generadoras de estrés, en modelos animales de adicción. Sin embargo, los fármacos antagonistas dopaminérgicos no previenen la recaída en el consumo provocado por la exposición a cocaína [80,81]. Aunque el bloqueo de la neurotransmisión dopaminérgica selectiva en algunas regiones cerebrales puede ser útil en el control de la conducta adictiva, la utilización de fármacos antagonistas dopaminérgicos, administrados por vía sistémica, no es útil en pacientes adictos por los problemas que conlleva el bloqueo generalizado del sistema de neurotransmisión dopaminérgico.

Liberación condicionada de dopamina en la adicción

Estímulos ambientales –estrechamente relacionados en tiempo y espacio con los efectos de la droga– como la luz o un sonido, que predicen la administración del refuerzo, pueden convertirse en estímulos condicionados a través de un proceso de condicionamiento pavloviano. Este efecto de los estímulos condicionados tiene gran relevancia clínica y se producen cuando estos pacientes acuden a lugares próximos al consumo o cuando están en contacto con personas relacionadas con la droga.

Este proceso de condicionamiento se ha descrito tanto en modelos de adicción en animales [82,83] como en estudios de neuroimagen en humanos [84-86]. Diversos estudios experimentales han implicado al sistema dopaminérgico en el procesamiento de los estímulos asociados a la droga. La presentación de estímulos condicionados se acompaña de un incremento en la señal electrofisiológica producida por la dopamina en el NAc [87]. De manera similar, la presentación pasiva de estímulos luminosos, que previamente se habían apareado con la autoadministración de cocaína y con la administración no contingente de la droga, en dos situaciones experimentales distintas, provoca un incremento de la liberación de dopamina en el NAc [88]. Un estudio reciente que utiliza un programa de condicionamiento ha demostrado que la presentación inesperada (no contingente) de estímulos condicionados provoca un aumento selectivo de la dopamina extracelular en el core, pero no en el shell, del NAc [89]. De acuerdo con estos datos, el core sería la región implicada en los efectos dopaminérgicos provocados por los estímulos condicionados [90] (Fig. 1). Existen evidencias de que el shell es el responsable del procesamiento de los reforzadores primarios como la comida [91] y las drogas de abuso [92], mientras que el core estaría implicado en los efectos condicionados de las drogas de abuso a través de las conexiones de esta estructura con la amígdala [93-95].

La amígdala es una estructura estratégicamente situada para el procesamiento de los estímulos condicionados, ya que recibe proyecciones dopaminérgicas procedentes del ATV que, a través del núcleo central y basolateral, se proyectan sobre el core del NAc (Fig. 1). A través de las conexiones del NAc con los núcleos motores del estriado dorsal, el estado motivacional generado por los estímulos condicionados puede poner en marcha conductas de búsqueda de sustancias y precipitar la recaída. Los estudios neurobiológicos que muestran que el consumo de drogas, como la cocaína, provoca un aumento de la neurotransmisión dopaminérgica en la amígdala, dan soporte a esta organización funcional [96,97]. Asimismo, la infusión de anfetamina en el núcleo basolateral de la amígdala provoca un aumento de los niveles de dopamina y un incremento del impacto motivacional de los estímulos asociados al consumo de la droga, que favorece la recaída en el consumo en modelos animales de adicción [98].

Los estudios farmacológicos que utilizan fármacos con actividad sobre los receptores dopaminérgicos de las familias D1 o D2 confirman la implicación de la amígdala en el procesamiento de los estímulos condicionados a la droga. La administración de antagonistas dopaminérgicos de los receptores D1 y D2, en la amígdala, disminuye la recaída provocada por la presentación de estímulos asociados al consumo de cocaína, en modelos animales de adicción [99,100]. Los receptores dopaminérgicos D3, que se concentran particularmente en el NAc y la amígdala, desempeñan un papel especial en el control de la conducta de búsqueda de la droga, lo cual se ha puesto de manifiesto en modelos animales de adicción. También se ha demostrado la relevancia de D3 en el control de la recaída en pacientes dependientes [101]. Tanto los antagonistas de los receptores D3 [102-104] como los agonistas parciales de estos receptores [105, 106] disminuyen la capacidad de los estímulos asociados al consumo de iniciar la conducta de búsqueda de la droga.

Aprendizaje de hábitos

La conducta de consumo de drogas de abuso es, en sus fases iniciales, una acción instrumental, motivada y dirigida a un claro objetivo: la obtención de placer, bienestar y euforia, proporcionados por la droga. Sin embargo, con el tiempo y el entrenamiento, las acciones inicialmente dirigidas a objetivos se transforman en habituales, activadas por mecanismos estímulo-respuesta, y adquieren la forma de un hábito de conducta. En esta segunda fase, el control de la conducta, determinado inicialmente por la actividad del CPF, se va transfiriendo progresivamente a la actividad de los núcleos subcorticales a través de los circuitos corticoestriatocorticales, que controlan la conducta de manera automática. La estructura del sistema nervioso directamente implicada en la formación de hábitos de conducta con inclusión de los hábitos asociados al consumo de drogas, es el estriado dorsal [68]. Este proceso libera al CPF del control, que puede dedicarse al procesamiento de informaciones nuevas, mientras deja para los circuitos y núcleos subcorticales los procesamientos de tipo automático. En esta situación, el consumo de la droga se mantiene a pesar de que el objetivo último de la conducta (obtención de placer) se ha devaluado y la conducta ya no está bajo el control voluntario por parte del sujeto [107]. La alteración funcional del CPF, debida en parte al desequilibrio funcional entre los receptores dopaminérgicos D1 y D2 [75], favorece el establecimiento del hábito compulsivo de consumo.

Aunque el estriado ventral media los efectos motivacionales de la droga que inician el proceso adictivo, con el consumo crónico, los efectos dopaminérgicos de las sustancias adictivas se extienden hacia las regiones sensoriomotoras y asociativas del estriado. Estudios recientes realizados en roedores han evidenciado un aumento en los niveles de dopamina extracelular en el estriado dorsal, que es superior al que se observa en el core del NAc (que media los efectos motivacionales de los reforzadores condicionados), aunque inferior a la liberación de DA observada en el shell (asociado a los efectos incondicionados de la sustancia) [89,108]. Estudios realizados en primates han puesto también de manifiesto que las fases iniciales de la exposición a la droga afectan preferentemente al estriado ventral y, en menor medida, al estriado dorsal. Sin embargo, con la administración crónica, los efectos de la droga se extienden al estriado dorsal [109-111]. En pacientes dependientes, los estudios de neuroimagen funcional han permitido observar diferencias en la liberación de dopamina entre las distintas subregiones límbica, sensoriomotora y asociativa del estriado, con predominio de la actividad dopaminérgica en las regiones límbicas [29]. El transportador presináptico de dopamina (DAT) se ha considerado un marcador de transferencia de los efectos crónicos del consumo de droga, entre el estriado ventral y el dorsal. En primates, se ha observado un aumento de la densidad del DAT, que progresa desde las regiones ventrales (la máxima expresión del DAT se registra en el shell del NAc) a las dorsales del estriado, a medida que se avanza de la administración aguda a la crónica de la droga [112]. Por otra parte, estudios de inducción del gen de expresión inmediata c-fos han puesto de manifiesto diferencias en la sensibilidad de los distintos compartimentos del estriado (estriosomas/matriz) en respuesta a la cocaína y la anfetamina [113], avanzando la expresión de c-fos desde los estriosomas (región límbica) a la matriz (región sensoriomotora) del estriado [114].

La utilización de modelos experimentales de adicción y recaída en animales aporta evidencias que implican al estriado dorsal en la reactivación de la conducta de búsqueda e ingesta de la droga, en respuesta a estímulos previamente condicionados. Se ha descrito un aumento de la actividad dopaminérgica en el estriado dorsal durante la conducta de búsqueda de la droga inducida mediante estímulos ambientales. Dada la implicación de esta región en la formación de hábitos, se ha sugerido que la conducta persistente, compulsiva, de búsqueda de la droga en pacientes adictos depende, en gran media, del estriado dorsal [108,115]. En la adicción se han descrito fenómenos de PLT y depresión a largo término (DLT), que llevan a cambios neuroplásticos en el estriado dorsal. Estos procesos son básicos para el establecimiento de asociaciones estímulo-respuesta, y en el aprendizaje de hábitos [116]. La dopamina es, además del glutamato, uno de los neurotransmisores implicados en estos mecanismos fisiológicos de PLT y DLT. Los receptores D1 son necesarios para la inducción de PLT [117], mientras que el mecanismo de DLT requiere de la activación simultánea de los receptores de la familia D1 y D2 [118]. Los patrones de activación neuronal que conducen a la puesta en marcha de los mecanismos de PLT y DLT no se conocen con exactitud. Sin embargo, actualmente se acepta que la activación fásica intensa de las neuronas dopaminérgicas nigroestriadas, coincidiendo con la activación de alta frecuencia de los aferentes corticoestriados, conduce a PLT, mientras que la actividad dopaminérgica tónica produciría DLT [119]. Ambos mecanismos, PLT y DLT, serían necesarios para el establecimiento de los cambios neuroplásticos necesarios que llevan al aprendizaje mediado por recompensa en el estriado dorsal [120]. Además, el sistema endocannabinoide desempeña también un papel esencial en la adicción a través de la modulación del sistema dopaminérgico y de los procesos de PLT y DLT [120].

Figura 1. Vías dopaminérgicas mesolímbicas y mesocorticales. Las líneas representan las conexiones recíprocas glutamatérgicas que de la corteza prefrontal y de la amígdala se proyectan sobre el núcleo accumbens. CPF: corteza prefrontal; NAc: núcleo accumbens; ATV: área tegmental ventral; DA: dopamina; CBL: núcleos central y basolateral de la amígdala.

Los estudios neuroanatómicos han aportado datos que muestran también la implicación del estriado dorsal en la adicción y las vías a través de las cuales el estriado ventral puede influir en la función de las regiones dorsales de esta estructura. El estriado dorsal presenta una compartimentación de tipo matriz/estriosoma semejante a la existente en el NAc. Estriosomas y matriz presentan un patrón de conexiones diferenciado tanto con la corteza cerebral como con los núcleos dopaminérgicos subcorticales, sustancia negra (SN) y ATV [121]. Haber et al [122] distinguen en los ganglios basales tres subregiones distintas en base al patrón de conexiones con los núcleos dopaminérgicos del mesencéfalo (ATV y SN) y la corteza cerebral: el estriado ventral constituye la subdivisión límbica; la subregión anatómica, que incluye el caudado y el putamen central, constituye la subdivisión asociativa, y finalmente, la región dorsolateral de los núcleos caudado y putamen forma la subdivisión sensoriomotora del estriado. En las distintas subdivisiones del estriado existe un patrón neuroquímico (neurotransmisores, neuromoduladores y receptores) distinto, que contribuye a la respuesta diferencial de las distintas regiones del estriado ante el consumo crónico de drogas de abuso [121,123]. Cada una de las tres subdivisiones anatómicas y funcionales del estriado recibe proyecciones dopaminérgicas que mantienen una organización topográfica y que provienen del ATV o de la SN del mesencéfalo. El ATV y la SN medial se proyectan a las regiones límbicas del estriado, mientras que las regiones laterales y ventrales de la SN presentan conexiones con las regiones asociativas y motoras. Las conexiones descendentes entre el estriado y los núcleos dopaminérgicos mesencefálicos se integran con las vías dopaminérgicas ascendentes, constituyendo circuitos en cascada que se influyen mutuamente. De esta manera, la información de las regiones límbicas (entre las que se encuentra el NAc) alcanza las regiones motoras del estriado a través de conexiones con los núcleos dopaminérgicos del mesencéfalo, progresando la información desde la región límbica hasta la motora del estriado, pasando por la subdivisión cognitiva [124] (Fig. 2). Además, la corteza prefrontal proyecta también topográficamente al estriado y, de allí, de nuevo al córtex, constituyendo los circuitos corticoestriatocorticales. Las regiones orbitofrontales se proyectan a las regiones límbicas del estriado; el CPF dorsolateral, al estriado de asociación, y finalmente, las regiones motoras y sensoriales de la corteza, al estriado sensoriomotor [125].

Figura 2. Circuito en cascada de conexiones recíprocas entre los núcleos dopaminérgicos del tronco cerebral y las tres regiones funcionales del estriado. CPFOM: corteza prefrontal orbitomedial; CPFDL: corteza prefrontal dorsolateral; CPM y M: corteza premotora y motora; EL: estriado límbico; EA: estriado de asociación; ES: estriado sensoriomotor; ATV: área tegmental ventral; SN: sustancia negra.

Al final del proceso adictivo, extensas regiones cerebrales están implicadas en este trastorno psicopatológico y pueden presentar cambios neuroadaptativos y neuroplásticos. Entre ellas destacan los núcleos dopaminérgicos mesencefálicos, distintas regiones límbicas esenciales en el procesamiento emocional –como la amígdala y el NAc–, y también el hipocampo, las regiones sensoriomotoras de los ganglios basales y las regiones prefrontales (Fig. 3).

Figura 3. Principales núcleos y sistemas cerebrales que participan en el trastorno adictivo. SN: sustancia negra; A: amígdala; ED: estriado dorsal; GP: globo pálido; TLM: tálamo; CPF: córtex prefrontal; D1: receptor D1; D2: receptor D2; NAc: núcleo accumbens; DA: dopamina; ATV: área tegmental ventral.

El proceso de formación de hábitos de conducta, con la puesta en marcha de los mecanismos que constituyen el sustrato neurobiológico del aprendizaje, es fundamental en todos los tipos de adicción. En las adicciones no químicas, como el juego patológico o las compras compulsivas, en las cuales no existen los efectos dopaminérgicos adicionales que la sustancia genera, la activación de los mecanismos neurobiológicos propios del aprendizaje motivacional y del aprendizaje de hábitos debe desempeñar un papel fundamental en el control de la conducta del adicto. Además, los efectos profundos de este tipo de aprendizajes, que forman parte de los mecanismos de memoria procedimental, contribuirían a explicar la resistencia a la extinción de las conductas adictivas.

Conclusiones

  • La adicción es un proceso neurobiológicamente complejo que implica un gran número de estructuras cerebrales relacionadas con la actividad del sistema dopaminérgico.
  • El consumo crónico de drogas de abuso provoca cambios neuroadaptativos en los receptores dopaminérgicos del sistema mesocorticolímbico, con desarrollo de procesos de sensibilización, que en individuos vulnerables puede significar el inicio del proceso adictivo.
  • El desequilibrio de la función dopaminérgica prefrontal, con un predominio de los receptores D1 sobre D2, provoca una alteración en la capacidad de atribución de valor incentivo a los estímulos asociados a la droga.
  • El sistema dopaminérgico mesolímbico, en especial las proyecciones que alcanzan la amígdala, ejercen un papel crucial en el condicionamiento de estímulos relacionados con el consumo. Los receptores dopaminérgicos D3 son fundamentales en la asociación de estímulos ambientales al consumo de la droga y en el control de la conducta de búsqueda de la droga, tanto en modelos animales de adicción como en pacientes adictos.
  • Con el tiempo, el consumo de droga acaba siendo una conducta controlada por mecanismos estímulo-respuesta y adquiere la forma de un hábito compulsivo. En las fases avanzadas de desarrollo de la adicción, la implicación del estriado dorsal es crucial para la consolidación del proceso.
  • La implicación de extensas regiones cerebrales, entre las que destacan el ATV, la amígdala, el estriado ventral y dorsal y el CPF, con cambios neuroadaptativos que incluyen procesos neurobiológicos de aprendizaje y memoria que afectan a estas estructuras, puede ser la responsable de la recaída crónica en el consumo y de la dificultad de desarrollo de tratamientos eficaces para el trastorno adictivo.

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¿Es la adicción una «enfermedad cerebral»?

Origen:
Bierer, Michael (2017:
Is addiction a “brain disease”? 
Harvard Health Publishing
Publicado 11.03.2016, actualizado 25.07.2017

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Hay muchas buenas razones para enfatizar los fundamentos biológicos de los trastornos por uso de sustancias. Quizás lo más importante, la base biológica de esta enfermedad crónica es un fuerte argumento a favor de la paridad: es decir, tratar (y financiar el tratamiento de) la adicción a la par con otras enfermedades «biológicas».

El estigma y la vergüenza de la adicción tienen mucho que ver con la percepción de que las personas con trastornos por el uso de sustancias son débiles, inmorales o simplemente disfrutan de un buen momento a expensas de la sociedad. Comprender que la adicción perjudica al cerebro de muchas maneras importantes puede reducir este estigma. Además, el tipo específico de disfunción cerebral puede ayudar a identificar un rango de intervenciones y prevenciones efectivas. Por ejemplo, durante la adolescencia, el cerebro es más plástico y más vulnerable. Este es un momento en el que la cautela y la intervención pueden resultar muy valiosas. Cuanto antes la exposición a la droga o el trauma en el cerebro, mayor es el daño.

El New England Journal of Medicine publicó recientemente una revisión de la «ciencia del cerebro» relacionada con la adicción y su manejo por la Dra. Nora Volkow y sus colegas. Es una gran revisión con gráficos geniales. Lo he enviado a varios de mis colegas.

Se necesitarían muchas publicaciones de blog para resumir en detalle lo que sucede en el artículo (y mucho menos el cerebro), así que abordaré los puntos que son más significativos para mí como profesional y ciudadano, -y perdónenme si me pongo un poco personal.

Una mirada a la ciencia de la adicción.

El curso más deprimente que realicé en la universidad fue una introducción al conductismo. El punto más bajo fue cuando llegué a creer que el libre albedrío no existía, aunque más tarde creí que esta era una conclusión estrecha y falsa. Los seres humanos, con sus superdesarrollados córtex frontales, tienen el poder de elegir no responder a la manera, por ejemplo, de una paloma en un experimento de recompensas y castigos. Cuando me convertí en médico, percibí que las personas que sufren de adicción fueron despojadas de su libertad fundamental para elegir vivir la vida que quisieran (dentro de las limitaciones sociales y económicas). Puedo decir honestamente que ayudar a restaurar algo de esa libertad es una de las cosas más gratificantes que hago como médico. Eso es lo personal.

La capacidad deficiente de una persona adicta para dejar de consumir drogas o alcohol tiene que ver con deficiencias en la función de la corteza prefrontal, la parte del cerebro involucrada en la función ejecutiva. La corteza prefrontal tiene varias funciones importantes: el autocontrol, el retraso de la recompensa y la integración de lo que te diga el intelecto sea importante con lo que te dice la libido. La dificultad también tiene que ver con cómo el cerebro, cuando está privado de las drogas a las que está acostumbrado, reacciona al estrés. La respuesta suele ser una emoción negativa exagerada, e incluso la desesperación. En este contexto, la fuerte asociación de señales ambientales aprendidas (por ejemplo, oler la cerveza en un juego de pelota o ver la esquina donde se puede encontrar al distribuidor) agrava el deseo de la sustancia.

La ciencia del cerebro detrás de estos procesos observados y medibles en la adicción ayuda a aclarar los objetivos del tratamiento. Los medicamentos agonistas (como la metadona y la buprenorfina) pueden estabilizar el ansia del cerebro mientras los procesos de planificación y razonamiento vuelven a estar en forma.

Pero, ¿cómo puede una persona con adicción evitar las señales que desencadenan el deseo? ¿Cómo pueden obtener ayuda de manera confiable?

Lo que todo esto significa para superar una adicción.

No es suficiente simplemente «solo decir no».

La persona necesita desarrollar fuentes alternativas de alegría y recompensa, y las personas que se han aislado para beber o consumir drogas sin inhibición pueden necesitar trabajar de manera decidida para recuperar la «alegría» habitual: interacciones sociales, placeres físicos como nadar o andar en bicicleta, y otras recompensas saludables y agradables.

Al mismo tiempo, decir que los trastornos por uso de sustancias son «todo biología» es una simplificación excesiva. Claramente, hay personas en el extremo moderado del espectro que tienen la capacidad de elegir detenerse o recortar. Para estas personas, cuando las recompensas de no consumir superan a las de tomar, se detienen. Algunas personas con un patrón de consumo de drogas o alcohol poco saludable que cumple con los criterios para un diagnóstico de trastorno por uso de sustancias también pueden «madurar» fuera de él sin tratamiento formal. Sin embargo, cuanto más grave sea el diagnóstico (en otras palabras, cuantos más criterios de diagnóstico se cumplan), menor será la probabilidad de que esto ocurra. Espero que mis pacientes comprendan que hay biología en algún lugar tan profundo de estas conductas problemáticas y, a menudo, que ponen en peligro la vida, pueden mitigar el odio y la culpa que son casi universales entre las personas con adicción. Y para comprender que puede incluso profundizar, los genes y las experiencias sobre las cuales no tuvieron control, también pueden ayudar. Aprender cómo es la alegría normal, apreciar una puesta de sol por primera vez en años y tener las habilidades para elegir negar la recompensa de un antojo, cuando se repite, puede convertirse en un hábito. Y cuando seamos buenos en eso, tal vez, solo tal vez, podamos comenzar a tener la opción de vivir una vida que sea aceptable, o incluso mejor de lo que habíamos imaginado.


Comprender la enfermedad de la adicción

Origen:
Bettinardi-Angres, Kathy and Angres, Daniel (2010):
Understanding the Disease of Addiction. 
Volume 1 / Issue 2 – Journal of Nursing Regulation

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La enfermedad de la dependencia química se puede rastrear a las vías neuronales en el cerebro antes de un diagnóstico de adicción. Una predisposición genética sola no es suficiente para predecir la adicción. Por lo general, las influencias psicológicas y sociales impulsan a la persona a usar las sustancias adictivas, y la combinación de predisposición genética y estas influencias desencadena la enfermedad. Las enfermeras químicamente dependientes son susceptibles al escrutinio de las juntas de autoridad si su adicción afecta el lugar de trabajo. Por lo tanto, las personas con autoridad deben comprender la enfermedad de la adicción y utilizar un enfoque efectivo y compasivo que beneficie tanto a la enfermera adicta como a la enfermería en general.

Objetivos de aprendizaje

  • Definir adicción, abuso de sustancias y dependencia de sustancias.
  • Identificar factores contribuyentes para la adicción.
  • Explique las vías neurales biológicas que subyacen a la adicción.

El concepto de alcoholismo y otras drogodependencias como enfermedad apareció por primera vez a principios del siglo XIX. En 1956, la Asociación Médica Estadounidense (AMA) declaró que el alcoholismo era una enfermedad, y en 1987, la AMA y otras organizaciones médicas llamaron oficialmente a la adicción una enfermedad (Leshner, 1997). La American Nurses Association estima que entre el 6% y el 8% de las enfermeras tienen problemas de abuso de alcohol o drogas lo suficientemente graves como para perjudicar su juicio, lo que significa que la enfermedad de la adicción afecta profundamente a la profesión de enfermería.

La siguiente descripción de la enfermedad de la adicción tiene utilidad al tratar de comprender los mecanismos responsables de los procesos que ocurren bajo la influencia directa de sustancias o comportamientos adictivos y durante un período de tiempo posterior. El fenómeno del deseo en algunos también puede atribuirse al menos en parte a estos mecanismos neurofisiológicos. Bajo la influencia directa de la enfermedad, el adicto se encuentra en un estado alterado de conciencia, uno que ahora se puede medir con las nuevas técnicas de imagen. Hay ventajas para la comunidad médica y de enfermería para comprender estos mecanismos, por lo que se pueden implementar los enfoques especializados adecuados para la adicción. El estado de «enfermedad» también puede ayudar con la cobertura necesaria para el tratamiento, dándole a la adicción su justa paridad con otras enfermedades en psiquiatría y medicina.

No todos aceptan la adicción como una enfermedad. Algunos todavía lo ven como un fracaso moral o falta de fuerza de voluntad. Muchas enfermeras guardan silencio sobre su adicción a las sustancias que alteran el estado de ánimo por varias razones. La razón más importante es la negación (Morse y Flavin, 1992). Las enfermeras adictas también experimentan vergüenza y culpa que llevan la adicción a la clandestinidad. No ponen en peligro intencionalmente la seguridad y el bienestar de sus pacientes o de ellos mismos; De hecho, el lugar de trabajo es a menudo el último lugar donde los signos y síntomas de la adicción se hacen evidentes. Por lo tanto, los signos y síntomas evidentes en el lugar de trabajo generalmente significan que la enfermedad ya ha progresado (Angres, Talbott y Bettinardi-Angres, 2001) (ver Tabla 1).

Comprender los mecanismos biológicos que subyacen a la adicción puede ayudar a otros a reconocer y tratar el problema con más empatía, menos estigmatización y resultados más efectivos. La adicción al alcohol y las drogas son problemas de salud primarios, crónicos, progresivos y a menudo fatales para toda la sociedad, no solo para la comunidad médica y de enfermería.

Definición de adicción

La adicción se define como el uso continuo de sustancias que alteran el estado de ánimo, como el alcohol y las drogas, a pesar de las consecuencias adversas. Los factores genéticos, psicosociales y ambientales influyen en el desarrollo y las manifestaciones de la enfermedad (Morse y Flavin, 1992). Las características del alcoholismo incluyen un control deficiente continuo o periódico sobre el consumo de alcohol, la preocupación por el alcohol, el consumo de alcohol a pesar de las consecuencias adversas y las distorsiones en el pensamiento, especialmente la negación. Para el cerebro, el alcoholismo y la drogadicción son lo mismo.

El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, Cuarta Edición (DSM-IV) define el abuso y la dependencia de sustancias como un patrón desadaptativo de uso de sustancias, que conduce a un deterioro o angustia clínicamente significativos, aunque se manifiestan de manera diferente.

La dependencia de sustancias se define y se manifiesta por tres o más de las siguientes situaciones que ocurren en cualquier momento en el mismo período de 12 meses:

  • La necesidad de cantidades notablemente mayores de la sustancia para lograr la intoxicación o los efectos deseados
  • Un efecto notablemente disminuido con el uso continuo de la misma cantidad de la sustancia.
  • El síndrome de abstinencia característico de la sustancia.
  • La misma sustancia que se toma para aliviar o evitar los síntomas de abstinencia.
  • La sustancia tomada en grandes cantidades o durante un período más largo de lo previsto
  • Un deseo persistente o esfuerzos fallidos para reducir o controlar el uso de sustancias.
  • Una gran cantidad de tiempo dedicado a las actividades necesarias para obtener la sustancia, usarla o recuperarse de los efectos
  • Reducción o ausencia de actividades sociales, ocupacionales o recreativas importantes debido al uso de sustancias.

El abuso de sustancias se define y se manifiesta por uno o más de los siguientes en un período de 12 meses:

  • Uso recurrente de sustancias que resulta en el incumplimiento de las principales obligaciones de roles en el trabajo, la escuela o el hogar.
  • Uso recurrente de sustancias en situaciones en las que es físicamente peligroso.
  • Problemas legales recurrentes relacionados con sustancias
  • Uso continuo de sustancias a pesar de problemas sociales o interpersonales persistentes o recurrentes causados o exacerbados por los efectos de la sustancia.

La dependencia y el abuso de sustancias se diferencian con fines de diagnóstico, pero los médicos suelen tratarlos de manera similar. La dependencia es el diagnóstico más grave, pero el abuso de sustancias puede conducir a la dependencia de sustancias.

Causas de adicción

Un porcentaje de la población tiene una predisposición biogenética a comportamientos químicos o adictivos; sin embargo, las experiencias traumáticas de la vida temprana, como el aislamiento o el abuso, pueden contribuir a una predisposición a la adicción. Una predisposición sola generalmente no es suficiente para causar la enfermedad. A menudo, una persona está influenciada por factores sociales, como sus pares y normas sociales y familiares, y problemas psicológicos, como antecedentes de abuso físico o sexual, otros traumas y diagnóstico dual.

Diagnóstico dual

Un diagnóstico dual común para adictos y alcohólicos es el trastorno de ansiedad. Sin embargo, la dependencia química es una enfermedad primaria y no es causada por otras enfermedades. Ambos diagnósticos deben tratarse de manera completa e igualitaria. El único problema es el uso de sustancias adictivas para tratar a una persona químicamente dependiente, lo que puede alimentar la adicción, por ejemplo, tratar el trastorno de ansiedad con benzodiacepinas. Una persona con un diagnóstico dual necesita atención continua y cuidadores que entiendan la adicción.

Genética

La transmisión familiar del riesgo de alcoholismo es en parte inducida genéticamente. Los estudios en animales muestran que los rasgos específicos relacionados con el alcohol, como la sensibilidad a la intoxicación y los efectos sedantes, el desarrollo de tolerancia y abstinencia, e incluso la susceptibilidad al daño orgánico, pueden tener orígenes genéticos. Los estudios de enfermedades familiares, gemelos y adopción respaldan una contribución genética al alcoholismo. El Proyecto Genoma Humano también está contribuyendo a nuestra comprensión del papel de la genética en el alcoholismo. El Estudio Colaborativo del Instituto Nacional sobre Abuso de Alcohol y Alcoholismo (NIAAA) sobre la Genética del Alcoholismo descubrió una amplitud reducida de las ondas cerebrales que refleja una variación genética subyacente en la respuesta del cerebro al alcohol (NIAAA, 2003).

Los hallazgos con respecto al alcoholismo generalmente se han cumplido para el abuso de sustancias y los comportamientos adictivos. Por ejemplo, las personas con una respuesta exagerada al alcohol (van den Wildenberg et al., 2007) y los opiáceos pueden tener niveles bajos de beta-endorfina. El impulso más fuerte de beber en el alcohólico puede estar relacionado con el alelo G que predispone a las personas al uso de drogas en general (Gianoulakis, Krishnan y Thavundayil, 1996). En su editorial de 2003 en The American Journal of Psychiatry, «Una predisposición a la adicción: farmacocinética, farmacodinámica y circuitos cerebrales«, el Dr. Peter Kalivas (2003) afirma: «No hay duda de que el desarrollo de la adicción a las drogas de abuso es en parte una función de factores predisponentes en el genoma de un individuo, así como factores asociados con el desarrollo de la infancia y la adolescencia” (p. 160). La investigación apunta a la comunidad de todos los procesos adictivos, ya sea que la adicción sea a una sustancia o a un comportamiento.

La personalidad adictiva: ¿existe?

A pesar de muchas discusiones sobre una personalidad adictiva, la investigación indica que las personalidades de los alcohólicos son heterogéneas. Ciertos problemas de personalidad, como la impulsividad y las malas habilidades de afrontamiento, pueden ser el resultado de problemas de desarrollo temprano, pero estos déficits de personalidad también pueden ser el resultado de la adicción. Es decir, la adicción puede interferir con la forma en que las personas se ven a sí mismas, lidian con el estrés e interactúan con los demás. A veces, determinar si los problemas de personalidad son primarios o secundarios a la adicción debe esperar hasta que el adicto esté sobrio por un período prolongado.

Desde una perspectiva psicológica, Khantzian y Mack han descrito «la gran dependencia de sustancias químicas para aliviar el dolor, proporcionar placer, regular las emociones y crear cohesión de la personalidad». Han descrito este proceso como autogobierno, y aunque ninguna personalidad adictiva específica puede Para ser identificable, el funcionamiento de la personalidad desadaptativa en la adicción crea la necesidad de un sentido cohesivo de uno mismo y estrategias para mejorar las capacidades de autogobierno. (Khantzian y Mack, 1983)

Los déficits en la neuroquímica y los circuitos de recompensa en la adicción, como la síntesis de dopamina, probablemente influyan en la personalidad de los pacientes adictos. Algunos especulan que estos circuitos evolucionaron en el cerebro con fines de vinculación social y se activan en la adicción. Parece lógico que la fuerte conexión que puede ocurrir entre los adictos sobrios desempeña un papel fundamental en la recuperación de la adicción. Por el contrario, los trastornos que interrumpen estos sistemas de apego y afiliativos, como el trastorno límite de la personalidad, pueden plantear desafíos importantes para el tratamiento de la adicción.

Con toda probabilidad, los estilos adaptativos ocurren en diferentes momentos del proceso adictivo. Antes de la adicción, un déficit en la capacidad de recompensa podría crear una sensación de privación, lo que llevaría a estados ansiosos e inestabilidad anímica. Durante el uso de sustancias activas, los estilos de temperamento anteriores se exageran y, debido a la adicción continua, se detiene el desarrollo del carácter.

Enfermeras en riesgo

El riesgo para las enfermeras es el mismo que para la población en general, excepto por una cosa: las enfermeras tienen un mejor acceso a los opiáceos. Esta accesibilidad, junto con la cultura de aliviar el dolor con sustancias que alteran el estado de ánimo, puede crear un ambiente ideal para una persona genéticamente predispuesta a la adicción. Por lo tanto, las enfermeras con un importante historial familiar de adicción deben abstenerse de trabajar con opiáceos o tener conciencia de la posibilidad de peligro e incorporar comportamientos para reducir el estrés en su estilo de vida como prevención. Actualmente, nadie puede predecir si una persona se volverá adicta en su vida.

Circuito de recompensa del cerebro

Las vías mesolimbianas conectan el tronco encefálico y el sistema nervioso periférico responsable de las funciones automáticas del cuerpo, y las áreas límbicas del cerebro responsables de las emociones a la corteza prefrontal, donde tienen lugar el pensamiento y la toma de decisiones. Intelectualmente, las personas saben que la felicidad no viene en una botella, píldora o bocado. Desafortunadamente, el circuito de recompensa del cerebro no lo sabe. De hecho, lo que subyace a la adicción es la recompensa (ver Figura 1).

Recompensa es el término que usa la neurociencia para describir experiencias que vale la pena repetir, como el placer o el alivio de algunas molestias. La neurociencia ha recorrido un largo camino en la identificación de las áreas del cerebro involucradas en la recompensa y la neuroquímica de nuestros químicos para sentirse bien que crean respuestas de recompensa. Los neurotransmisores, como la dopamina y las beta-endorfinas, facilitan la comunicación con el centro de recompensa. En el adicto, la vía involucrada en comportamientos esenciales, como comer, dormir y tener relaciones sexuales, es secuestrada. La motivación inicial del adicto es sentir placer. Finalmente, la vía de recompensa cambia su sensibilidad a la sustancia o al comportamiento en lugar de los neurotransmisores. En otras palabras, el cerebro comienza a depender de productos químicos externos para obtener una recompensa.

Conexión mágica

El cerebro predispuesto del adicto es como un candado, y la sustancia o el comportamiento adictivo es la clave. Cuando la llave abre la cerradura la primera vez, la experiencia es extremadamente poderosa, incluso mágica. A mediados de la década de 1990, las tomografías por emisión de positrones (PET) mostraron que los circuitos de recompensa del cerebro en personas con antecedentes de adicción anteriores o familiares se iluminaban de una manera que los circuitos de recompensa de aquellos en los grupos de control no lo hacían. Estos estudios y otros demuestran que los adictos experimentan sus sustancias más intensamente que los no adictos. Otros estudios sugieren que los adictos tienen «dos cuartos de galón bajo en química para sentirse bien» y luego experimentan una respuesta exagerada cuando encuentran su droga, un fenómeno llamado «la conexión mágica». Ahora, técnicas avanzadas, tales como escaneos PET y resonancia magnética (MRI), puede demostrar científicamente este fenómeno.

Muchos adictos describen esta experiencia inicial como finalmente sentirse normal. A veces, se produce una respuesta paradójica. Por ejemplo, un opiáceo que generalmente causa sedación produce estimulación y aumento de energía. Esta respuesta ayuda a explicar por qué muchos profesionales de la salud adictos a los analgésicos orales describen una sensación de estar más alerta. En consecuencia, sienten que pueden trabajar más horas e incluso ser más efectivos en lo que hacen, alimentando así su negación. Esta conexión inicial es relativamente de corta duración. Invariablemente, un círculo vicioso se hace cargo. En la búsqueda de la recompensa, los receptores que median naturalmente la recompensa se vuelven insensibles, lo que crea la necesidad de más sustancias, lo que contribuye a la tolerancia y la abstinencia. Mientras más consumen los adictos, más necesitan, creando el círculo progresivo y vicioso que es el sello distintivo de todas las adicciones (ver Figura 2).

Aprendizaje y memoria

Hyman (2005) analiza el papel de los comportamientos adictivos en la usurpación de los mecanismos neuronales del aprendizaje y la memoria que normalmente configuran los comportamientos de supervivencia relacionados con las recompensas y las señales predictivas. Si la supervivencia está demasiado íntimamente asociada en la mente del adicto con la obtención de la sustancia adictiva, se desarrollan recompensas y señales predictivas en torno a la sustancia. El uso crónico de sustancias da como resultado un aprendizaje deficiente relacionado con la recompensa (Koob y Kreek, 2007). Los adictos pueden creer que las propiedades hedónicas de la sustancia superan con creces otros objetivos y dedican sus vidas a alcanzar la sustancia.

Figura 2
Círculo vicioso de adicción

La dopamina, un potente neurotransmisor, puede dar forma al aprendizaje de estímulo-recompensa, o la respuesta conductual a estímulos relacionados con la recompensa. La señalización implica recuerdos asociativos significativos, y la teoría cerebral conexionista sugiere que estas asociaciones están conectadas al cerebro. Por ejemplo, un paciente colocado en un entorno donde previamente utilizó una sustancia puede ser vulnerable a un patrón emergente de estímulos cerebrales y conexiones que pueden motivar al paciente a tomar nuevamente.

Esta investigación sugiere un patrón circular de refuerzo con capacidad disminuida para que el adicto incorpore nuevas estrategias de aprendizaje. Los adictos están atrapados en un sistema de adquisición de drogas y el patrón de recompensa consistente de la ingestión. La conciencia de otros estímulos gratificantes o la necesidad de invertir energía en otras actividades gratificantes disminuye. Con mayor frecuencia, los adictos mantienen una conciencia limitada de los ciclos destructivos y alienantes de la adicción y solo ingresan al tratamiento debido a su consecuencia, como la amenaza del cónyuge de irse, una intervención laboral, problemas de licencia o dificultades legales. Los adictos rara vez buscan tratamiento debido a la comprensión de su comportamiento y adicción.

Una persona con una enfermedad adictiva que se ha dedicado al uso crónico de sustancias mantiene una serie de recuerdos intactos o colaborativamente fragmentados de los comportamientos adictivos y probablemente recuerda estos recuerdos con facilidad durante los períodos de ansiedad. En la recuperación temprana, los recuerdos de sobriedad exitosa y conductas recién aprendidas no tienen el mismo nivel de intensidad; por lo tanto, son vulnerables a ser anulados. Además, los adictos experimentan un período llamado abstinencia post-aguda en la sobriedad temprana. Los síntomas más comunes son falta de concentración, irritabilidad e insomnio.

Motivación

La motivación es otro factor con componentes biológicos, y la búsqueda de objetivos que producen los resultados deseados es un aspecto integral de la adicción y la recuperación. Kalivas y Volkow (2005) apoyan la teoría de que la adicción implica una desregulación en el circuito de motivos, y el uso repetitivo de drogas adictivas reorganiza los circuitos cerebrales para establecer comportamientos característicos de la adicción. Los estudios de resonancia magnética sobre el antojo inducido por señales demuestran una mayor reacción entre la amígdala, la parte del cerebro basada en el miedo y la corteza prefrontal cuando las personas recuerdan activamente a su agente adictivo. La corteza prefrontal, responsable de la toma de decisiones, se activa con la amígdala, creando una conexión para el ansia. Esto activa un neurotransmisor llamado glutamato, que crea una sensación desagradable asociada con el deseo que puede hacer que el adicto intente reducir esta incomodidad a través del uso de drogas.

Además de las consecuencias legales, financieras y psicosociales del comportamiento adictivo, el adicto también se arriesga a la recirculación neuronal que resulta en ciclos fisiológicos de comportamientos adictivos. Estos circuitos son cada vez más difíciles de romper.

Toma de decisiones

Los comportamientos adictivos también afectan negativamente la toma de decisiones. Noel, van der Linden y Bechara (2006) sugieren que la adicción es un desequilibrio entre el sistema neural que es reactivo para indicar dolor o placer y otro sistema neural que es reflexivo y controla el sistema reactivo. Cuando la corteza prefrontal ventromedial (VMPC) se lesiona en personas no adictas, toman decisiones perjudiciales y no aprenden de sus errores, en contra de su personalidad previa a la lesión. Los autores hacen sorprendentes comparaciones entre pacientes con lesiones VMPC y adictos. Ambos niegan tener un problema y parecen ignorar las consecuencias de sus acciones. En la adicción, los mecanismos neuronales que permiten a las personas reflexionar y elegir sabiamente parecen estar debilitados, y los adictos pasan de la conducta autodirigida a la conducta automática impulsada por los sentidos. Los autores del estudio plantean la hipótesis de que algunas personas tienen un mecanismo de toma de decisiones débil en el cerebro y que la debilidad los hace vulnerables a la adicción. La fuente de la debilidad puede ser genética o ambientalmente inducida.

Estudios recientes de resonancia magnética demuestran una división entre la capacidad de tomar decisiones apropiadas a medida que avanza el impulso compulsivo por el químico o la adicción. Goldstein y Volkow (2002) demostraron que a medida que la adicción progresa, la capacidad de tomar decisiones apropiadas disminuye. El aumento de la impulsividad va acompañado de recuerdos de cuándo funcionó la adicción, así como de negar otras opciones además de participar en la adicción. Algunas personas no solo están predispuestas a un circuito de recompensa lento antes de usar una sustancia, sino que también parecen tener cierto grado de dificultad en la toma de decisiones. Los déficits en estas áreas constituyen el círculo vicioso de la adicción.

La negación, la compañera cercana de la adicción, se alimenta del deterioro progresivo de la capacidad de elegir libremente. La negación se ve reforzada por la poderosa recompensa de la adicción y los déficits en el aprendizaje, la motivación, la memoria y la toma de decisiones.

Conclusión

La adicción es un proceso de enfermedad biopsicosocial, no una elección. Martha Morrison, MD, en su libro White Rabbit, declaró que creció queriendo ser médico, no drogadicta. Las enfermeras alcohólicas y adictas informan por unanimidad los mismos sentimientos.

Si se trata adecuadamente, la adicción puede permanecer en remisión, y las enfermeras que cuentan con el apoyo y monitoreo de sus pares tienen una mayor probabilidad de sobriedad a largo plazo que la población general. El adicto en recuperación debe comenzar una exploración de sí mismo, cultivar un programa de bienestar y mantener un objetivo a largo plazo de sobriedad.

Los cuerpos de autoridad en la profesión de enfermería deben comprender la enfermedad de la adicción y su tratamiento. Esta comprensión puede dar lugar a más opciones para las enfermeras adictas, mayores oportunidades para que se recuperen y vuelvan a la profesión, y un enfoque compasivo con los compañeros que sea congruente con los valores de la profesión de enfermería.

Referencias

  1. Angres, D., Talbott, D., & Bettinardi-Angres, K. (2001). Healing The Healer: The Addicted Physician. Madison, CT: The Psychosocial Press.
  2. Gianoulakis, C., Krishnan, B., & Thavundayil, J. (1996). Enhanced sensitivity of pituitary beta-endorphin to ethanol in subjects at high risk of alcoholism. Archives of General Psychiatry, 53, 250–257.
  3. Goldstein, X. R., & Volkow, N. D. (2002). Drug addiction and its underlying neurobiological basis: Neuroimaging evidence for involvement of the frontal cortex. American Journal of Psychiatry, 159(10), 1642–1652.
  4. Hyman, S.E. (2005). Addiction: A disease of learning and memory. American Journal of Psychiatry,162, 1414–1422.
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  8. Koob, G., & Kreek, J. (2007). Stress, dysregulation of drug reward pathways, and the transition to drug dependence. American Journal of Psychiatry, 164(8), 1149–1159.
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  11. NIAAA. (2003). The genetics of alcoholism. Alcohol Alert, No. 60.
  12. Noel, X., van der Linden, M., & Bechara, A. (2006). The neurocognitive mechanisms of decision making, impulse control, and loss of will power to resist drugs. Psychiatry, 3(5), 30–41.
  13. van den Wildenberg, E., Wiers, R. W., Dessers, J., Janssen, R. G. J. H., Lambrichs, E., H., Smeets, H. J. M., & van Breukelen, G. J. P. (2007). A functional polymorphism of the u-opioid receptor gene (ORPMI) influences cue-induced craving for alcohol in male heavy drinkers. Alcoholism, Clinical and Experimental Research, 31(1), 1–10. doi: 10.1111/j.1530-0277.2006.00258.x

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Kathy Bettinardi-Angres MS, RN, APN, CADC, Daniel H.Angres MD

La adicción “no” es una enfermedad cerebral

Origen:
Becoña Iglesias, Elisardo (2016):
La adicción ‘no’ es una enfermedad cerebral. 
Artículo en lasdrogas.info, Agosto 2016

PDF.  

En los últimos años se ha ido consolidando la idea en el campo médico-psiquiátrico de que la adicción es una “enfermedad cerebral” como ya así recoge el DSM-5. En este artículo se analiza cómo ha surgido y se ha consolidado esta idea, las críticas que ha recibido, las consecuencias profesionales si este modelo se hace hegemónico, junto a los intereses subyacentes al mismo. Se concluye defendiendo la necesidad de mostrar aportaciones al campo de las adicciones, como el de las variables psicológicas que son necesarias para la comprensión de las adicciones, para su prevención, junto con el papel central del tratamiento psicológico por su eficacia en las mismas. También debemos denunciar los reduccionismos, como el que representa el modelo de enfermedad cerebral frente a un modelo biopsicosocial de las adicciones.

En el volumen 507 de la prestigiosa revista Nature, se publicó el 6 de marzo de 2014 una carta al director con el título “Addiction: not just brain malfunction” [Adicción: no sólo un mal funcionamiento cerebral] firmada por Derek Heim (2014). A pie de página del mismo le acompañaban 94 firmantes, relevantes investigadores, clínicos, directores de revistas de adicciones, de centros de tratamiento, etc., de varios países, criticando la consideración de “la adicción como una enfermedad cerebral” ya que “el abuso de sustancias no puede ser separado de sus contextos sociales, psicológicos, culturales, políticos, legales y ambientales; no es simplemente una consecuencia del mal funcionamiento cerebral” (p. 40). E insistían en que “tal perspectiva miope socava el enorme impacto de las circunstancias y las elecciones de las personas que tienen en las conductas adictivas. Trivializa los pensamientos, emociones y conductas de los adictos actuales y de los que lo han sido” (p. 40). Algunos de los firmantes son personas bien conocidas como Gerard Bühringer, Nick Heather, Jerome H. Haffe, Stanton Peele, Tim Rhodes, Stephen Rollnick, Robin Room, Roland Simon, Tim Stockwell, etc.

Estamos ante un tema importante, central en la conceptualización de las adicciones y que tiene claras repercusiones sobre la prevención, el tratamiento y la política de drogas. También sobre el rol profesional de distintas profesiones, como la psicológica. Desgraciadamente, en los últimos años la conceptualización biológica-cerebral de las adicciones está cogiendo un derrotero reduccionista, por estar supeditado a claros intereses y grupos de presión alrededor del mismo y por la ruptura, o distanciamiento, a la que estamos asistiendo después de décadas de colaboración fructífera entre distintas disciplinas en el campo de las adicciones.

En estas páginas analizamos qué hechos han permitido llegar a la situación actual y qué nos depara el futuro desde una lectura psicológica.

¿Qué es lo que ha llevado a esta situación?

Los primeros planteamientos de la adicción como una enfermedad cerebral

Han sido varios los modelos que han predominado en el campo de las adicciones a lo largo de la historia hasta que se convirtió en un importante problema social, entre los años 60 y 80 del pasado siglo, en la mayoría de los países desarrollados.

Ya en el s. XIX distintos neurólogos empezaron a plantearse que la adicción era una enfermedad cerebral, idea que en parte siguió vigente durante el s. XX en el ámbito médico y psiquiátrico, sobre todo aplicado al alcoholismo (Kushner, 2010). En el caso concreto del alcohol se distinguió entre las personas que controlaban el consumo y las que no eran capaces de hacerlo, comenzando a considerarse como enfermos (Jellinek, 1960) y con una predisposición genética al alcoholismo. En años posteriores se mostró que la causa del alcoholismo o del consumo de drogas era múltiple (ej., Edwards, 2002), pasándose a un modelo explicativo biopsicosocial (Melchert, 2015).

Un origen más reciente de esta concepción de la adicción como enfermedad cerebral procede de los estudios de investigación sobre opiáceos, realizados sobre todo en animales, desde mediados del siglo pasado. Posteriormente, esto se vio favorecido por el descubrimiento de los receptores cerebrales; la financiación de estudios dentro de la guerra a las drogas del gobierno norteamericano centradas en buscar una causa biológica a las mismas; y la necesidad de investigar la “responsabilidad” de los individuos (si los individuos son enfermos cerebrales entonces no son responsables de sus actos; si pierde la voluntad o el autocontrol entonces no tiene responsabilidad) (Vrecko, 2010).

Los antecedentes norteamericanos en torno al NIDA

Sin duda alguna quién ha permitido eclosionar, desarrollar y fijar este modelo ha sido el NIDA (National Institute on Drug Abuse) norteamericano y varios de sus directores o personas vinculadas al mismo desde su creación, como Jerome H. Jaffee, Alan Leshner, Charles P. O´Brien y su actual directora Nora Volkow.

Jerome H. Jaffee ocupó por primera vez en 1971 el puesto de Jefe de la Special Action Office on Drug Abuse Prevention (SAODOP), más conocido como Zar de las Drogas. En ese periodo Estados Unidos estaba en plena guerra de Vietnam y tenían un grave problema de consumo de heroína entre los soldados que regresaban. Jaffee consideraba que sería un triunfo táctico que las adicciones se considerasen una enfermedad cerebral, ya que esto facilitaría convencer a los congresistas sobre sus propuestas, al usar un modelo pragmático (Satel y Lillienfeld, 2014).

Un hito importante ocurre en 1977 cuando Alan Leshner (1977), director en aquel entonces del NIDA, publicó un artículo en Science en donde sugería que el mejor modo de conceptualizar la adicción sería considerarla como una enfermedad crónica del cerebro, caracterizada por la recaída. Aunque indicaba que el inicio del consumo de drogas era voluntario, su uso conllevaba cambios cerebrales a nivel neuroquímico, los cuales llevaban a que cuando las personas querían dejar de consumir tenían problemas para conseguirlo. Por ello la conducta se hacía compulsiva y recaían en poco tiempo. Para él lo que identifica la adicción como una enfermedad cerebral son los cambios en la estructura y función cerebral del individuo, por lo que el tratamiento debía ser tanto conductual como farmacológico. Además, otorgaba importancia al contexto social en el consumo, ya que, curiosamente, usaba el ejemplo de lo que había ocurrido con los soldados de la guerra de Vietnam que habían dejado de consumir heroína al regresar a sus hogares. Por ello, en distintas partes de dicho artículo aparece el uso de la expresión enfermedad psicobiológica, que incluía elementos biológicos, conductuales y sociales o contextuales.

Entre los investigadores norteamericanos más influyentes en la consideración del consumo de drogas como enfermedad, se encuentra Charles P. O´Brien, prestigioso investigador del campo psiquiátrico. Para él la adicción como mejor se conceptualiza es como una enfermedad, aunque reconoce que no todos los que consumen drogas se hacen adictos y considerando además que el mejor tratamiento es aquel que combina medicación con terapia de conducta (O´Brien y McLellan, 1996).

Pero sin duda alguna quien más ha favorecido la creación y consolidación de un modelo de enfermedad cerebral en adicciones ha sido Nora Volkow, que dirige el NIDA desde 2003. En el año 2007 el NIDA publica su manual divulgativo “Las drogas, el cerebro y el comportamiento. La ciencia de la adicción“, del que hay versión en español (NIDA, 2008) y se ha actualizado en 2010 y 2014. Dice que “la adicción se define como una enfermedad crónica del cerebro con recaídas, caracterizada por la búsqueda y el uso compulsivo de drogas, a pesar de las consecuencias nocivas. Se considera una enfermedad del cerebro porque las drogas cambian el cerebro: modifican su estructura y cómo funciona. Estos cambios pueden durar largo tiempo y llevar a comportamientos peligrosos que se ven en las personas que abusan de drogas.” […] “La adición es parecida a otras enfermedades, como las enfermedades del corazón. Ambas interrumpen el funcionamiento normal y saludable del órgano subyacente, tienen serias consecuencias dañinas, son prevenibles, tratables y, si no se tratan, pueden durar toda la vida” (p. 5). La decisión inicial de consumir drogas es voluntaria; pero cuando se convierte en abuso de drogas, la capacidad individual para ejercer el autocontrol se vuelve sumamente deficiente. Ello lo achacan a los cambios cerebrales que afectan al juicio, toma de decisiones, aprendizaje, memoria y control del comportamiento, lo que conlleva conductas compulsivas y destructivas que resultan de la adicción. También consideran la existencia de factores de riesgo y de protección para la adicción, reconociendo que no hay un solo factor que determine que alguien se vuelva drogadicto. Además, consideran que los factores genéticos sólo contribuyen del 40 al 60% de la vulnerabilidad a la adicción e indican que con frecuencia el abuso de drogas lleva a la aparición de distintos trastornos mentales (la conocida patología dual tan defendida por parte de los psiquiatras españoles).

De modo positivo considera la adicción como una enfermedad tratable, aunque insistiendo en su cronicidad y en el proceso de recaída. Curiosamente, al hablar de qué tratamiento es eficaz recomiendan la combinación de medicamentos, cuando están disponibles, con terapia conductual. Hay que resaltar que para el tratamiento de la mayoría de las drogas no hay tratamientos farmacológicos eficaces, sólo tratamiento psicológico (ej., cocaína, cannabis, etc.), y cuando lo hay suele ser necesario utilizarlo junto con el tratamiento psicológico.

En suma, el NIDA se ha decantado claramente por considerar la adicción como una enfermedad crónica del cerebro, caracterizada por la recaída, en un contexto social, con un claro componente genético (o, de modo más preciso, una interacción gen-ambiente-estrés), con significativas comorbilidades con otros trastornos físicos y mentales (Courtwright, 2010; Volkow y Morales, 2015), y basados muchos de sus datos en la investigación animal. Destaca la afirmación central de este modelo de que el uso persistente de una droga produce cambios a largo plazo en la estructura y función cerebral.

El DSM-5. La adicción es una enfermedad cerebral

El modelo del NIDA aparece claramente reflejado en el DSM-5 y su conceptualización del trastorno por consumo de sustancias (TCS): “una particularidad importante del trastorno por consumo de sustancias es el cambio subyacente en los circuitos cerebrales que persiste tras la desintoxicación y que acontece especialmente en las personas con trastornos graves. Los efectos comportamentales de estos cambios cerebrales se muestran en las recaídas repetidas y en el deseo intenso de consumo cuando la persona se expone a estímulos relacionados con la droga.” (APA, 2014, p. 483).

El DSM-5 introduce importantes cambios respecto al DSM-IV (Becoña, 2015; Compton, Sawson, Goldstein y Grant, 2013; Hasin et al., 2013), siendo tres los principales. a) El punto de corte propuesto para el TCS, 2 de 11 criterios. Distintos estudios indican que se trata de un punto de corte muy bajo y que tendría que subir a 4 ó 6, dependiendo de la sustancia. b) La introducción del criterio de craving, que se ha hecho por “consenso” y porque hay “fármacos” para el mismo, aunque no hay evidencia de que sea un aspecto central en el caso de algunas drogas. Así lo han dejado por escrito los propios miembros de grupo de elaboración del DSM-5 para adicciones (Hasin et al., 2013). c) La importante limitación que conlleva delimitar en la práctica clínica si la persona tiene un TCS por el consumo de un fármaco psicoactivo recetado por el médico, o si lo tiene porque lo toma por su cuenta, “automedicándose” o si realmente es un adicto (ej., en el caso de la morfina). Además, subyace la pregunta de ¿por qué en los casos en los que la persona toma un fármaco que le han recetado no se hace el diagnóstico y si no se le ha recetado sí se considera una personan con TCS?, ¿dónde está la fiabilidad del diagnóstico en uno y otro caso?

Nótese además que el DSM-5 habla de trastorno, mientras que el NIDA de enfermedad cerebral. Claramente esto es un salto enorme.

Críticas a la consideración de la adicción como una enfermedad cerebral

En los últimos años han aparecido fuertes críticas a la consideración de la adicción como una enfermedad cerebral. El artículo más importante criticando esto es el de Hall, Carter y Forlini (2015), publicado en The Lancet Psychiatry. En él se revisa la evidencia que existe sobre el modelo de enfermedad en adicciones, analizando los estudios en animales, los estudios de neuroimagen de personas con adicciones y la investigación sobre el papel de la genética en las adicciones, centrando sus críticas en cinco aspectos.

El primero es si la adicción es una enfermedad crónica. Hall et al. (2015) consideran que no, dado que muchas personas con adicciones se recuperan sin tratamiento, lo que se conoce como “recuperación natural” (Stea, Yakovenko y Hodgins, 2015). El caso más conocido y que ya ha sido mencionado, es el de los soldados norteamericanos adictos a la heroína en la guerra de Vietnam, quienes la mayor parte dejaron de consumir sin acudir a tratamiento cuando regresaron (Robins et al., 2010). De igual modo, tenemos evidencia de que las personas adictas a las drogas recreativas responden a pequeños cambios en sus situaciones personales, como se ha mostrado con el uso de incentivos (Heyman, 2009). Además, una parte importante de los que consumen drogas en la adolescencia las dejan en la edad adulta, sobre todo a partir de los 25 años, momento en el que se asumen roles adultos (Becoña, 2002).

El segundo es sobre los modelos animales de adicción. Los modelos existentes de adicción en ratas suelen ser para la heroína, con modelos de autoadministración de opiáceos en condiciones estandarizadas y controladas, lo cual se parece poco al comportamiento de los humanos en cada situación.

Además, cuando los animales están en ambientes enriquecidos tienen patrones de autoadministración de drogas distintos. Así, ratas entrenadas para autoadministrarse drogas se abstienen de hacerlo cuando pueden acceder a un refuerzo natural, como la comida o el emparejamiento (Ahmed et al., 2013).

El tercer aspecto es sobre la genética de las adicciones. La adicción no es un trastorno que ocurre sólo en los que tienen los denominados genes de las adicciones. Los estudios indican que la predicción genética es igual que una simple historia familiar de consumo (Gartner et al., 2009). Por ello, la genética es poco informativa con respecto a las adicciones a día de hoy.

El cuarto son los estudios de neuroimagen en humanos. Aunque estos muestran que los adictos difieren de los no adictos, parece que se debe, al menos en parte, al sesgo producido por el tamaño de las muestras y al tamaño de las diferencias. Además, los estudios caso-control no muestran si la adicción es causa o consecuencia de las diferencias en la estructura y función cerebral o alguna combinación de las dos (Ersche et al., 2013).

El quinto es el incremento de la complejidad de la neurobiología de la adicción, con muchos sistemas de neurotransmisión y muchas estructuras cerebrales implicadas. Por ello es cada vez más relevante la epigenética (cambios en la expresión de los genes en el sistema cerebral que puede estar producida por el consumo de drogas) (Volkow y Morales, 2015).

Aunque cabría esperar que este modelo condujese al desarrollo de tratamientos farmacológicos efectivos, esto no ha ocurrido. Recordemos fracasos como los de las vacunas para distintas drogas, fármacos recientes con poco recorrido terapéutico (ej., Nalmefeno), cirugía cerebral ineficaz para adictos, etc. Se dedican ingentes cantidades de dinero a esta investigación y se olvidan de que medidas simples y baratas, como las legislaciones restrictivas con respecto al alcohol o al tabaco, o medidas como subir los impuestos, son eficaces, eficientes y baratas (Babor et al., 2010).

Otra crítica destacable al modelo de enfermedad cerebral de las adicciones es la de Satel y Lillienfeld (2014). Para ellos, este modelo implica erróneamente que el cerebro es el nivel de análisis más importante y útil para conocer y tratar las adicciones. Con ello, se oscurece la dimensión de elección en la adicción, la capacidad de responder a los incentivos, y el hecho de que las personas usan drogas por diversos motivos. Lo ejemplifican con el ya mencionado estudio de Robins et al. (2010), del que destacan que sólo el 5% de los soldados adictos a la heroína que volvieron de Vietnam, recayeron en los siguientes 10 meses después de la vuelta, y un 12% recayeron brevemente a lo largo de un seguimiento de 3 años. En aquel momento estos resultados se consideraron revolucionarios, pero parece que hoy se ha olvidado su importancia, ya que la definición de adicción desde la conceptualización de enfermedad cerebral implica la cronicidad de esta condición.

Satel y Lillienfeld (2014) critican que la psiquiatría emplee los términos de trastornos o síndromes y no enfermedades, para los trastornos psiquiátricos en general, por lo que no tendría sentido hablar de enfermedad cerebral, sino de trastorno cerebral. El cerebro y la mente no pueden considerarse de forma independiente, como si una fuese por un lado y la otra por otro. Un sentimiento, un pensamiento, un deseo, produce un cambio en las neuronas y en los circuitos cerebrales, y el cerebro no actúa solo por su cuenta. De todos modos, el DSM-5 ya va por otros derroteros.

Otras críticas en la misma línea anterior las podemos encontrar en Hammer et al. (2013), Levy (2013), Pedrero (2015), Trujols (2015), etc.

¿Por qué ha avanzado tan rápidamente este modelo?

Es extraño que un modelo tan débil por los datos que lo sustentan, como el que hemos analizado, aunque muy sugerente, por su sencillez y reduccionismo, haya avanzado tan rápidamente. En nuestra consideración, una vez formulado y auspiciado por el NIDA en Estados Unidos, se ha expandido tanto allí como en otros países, incluyendo España, por varios motivos, que indicamos brevemente a continuación.

  1. Financiación generosa a la investigación que sustenta el modelo de enfermedad cerebral por parte del NIDA y la clara asunción de un modelo médico de la adicción, basado en un sustrato biológico en el cerebro.

Ya hemos comentado que el NIDA está priorizando la investigación en este campo y en esta línea, sobre todo al ser el organismo que financia el 85% de toda la investigación sobre drogas a nivel mundial. Además, el DSM- 5 de la American Psychiatric Association y la mayoría de las sociedades científicas del campo de las adicciones han asumido este modelo, que suelen ser biologicistas, con todo lo que ello implica. En España la situación es semejante, con un avance enorme de este modelo por la financiación subyacente, la simplicidad del mismo, el interés de los laboratorios farmacéuticos y por la revolución genética de estos años que acompaña en paralelo a este modelo.

  • El interés de la industria farmacéutica en que se consolide este modelo.

Los laboratorios farmacéuticos tienen un campo abonado en este modelo, ya que hay un gran número de adictos y resulta una buena oportunidad de negocio, por lo que han dedicado muchos esfuerzos a ello en estos años. Sin embargo, los resultados del tratamiento farmacológico han sido decepcionantes, dado que no aparecen moléculas nuevas que sean útiles para el tratamiento de las adicciones. Y, al tiempo, aparecen frecuentes conflictos de intereses por parte de científicos e investigadores ya que sus afirmaciones van más allá de lo que indican los datos.

Como dice Allen Frances (2013), presidente del grupo de trabajo del DSM-IV y psiquiatra de referencia a nivel internacional, en su libro ¿Somos todos enfermos mentales? “la mercantilización de la enfermedad no puede ocurrir en el vacío, requiere que las empresas farmacéuticas cuenten con la colaboración activa de los médicos que extienden las recetas, los pacientes que las solicitan, los investigadores que inventan nuevos trastornos mentales… Una campaña constante, omnipresente y bien financiada, a favor de la “concienciación de la enfermedad” puede crear enfermedades allí donde no las había. La psiquiatría es especialmente vulnerable a la manipulación de las líneas que separan normalidad de enfermedad porque carece de pruebas biológicas y depende enormemente de juicios subjetivos que pueden estar influidos por el marketing hábil” (p. 50).

El campo de las adicciones es uno en los que es más fácil encontrar conflictos de interés con la industria farmacéutica. Las relaciones de las asociaciones con ella suelen construirse desde las personas que ejercen el liderazgo en dichas asociaciones (Lichter, 1998). Frecuentemente parte del curriculum de estos líderes lo han conseguido a partir de su relación personal con dicha industria, los denominados “grupos de especial interés” (ej., juntas directivas de sociedades, editores de revistas o comités editoriales, miembros de guías clínicas). Así, en el DSM-5 ha habido importantes problemas de conflicto de intereses de muchos participantes que estaban vinculados a la industria farmacéutica (Cosgrove y Krimsky, 2012).

  • Los procesos de construcción social de la enfermedad y el caso de las adicciones.

Es la sociedad la que otorga el rótulo de enfermedad a una determinada condición; esto es, la enfermedad es una construcción social. En los últimos años asistimos a una creciente creación de nuevas enfermedades o trastornos y a la consiguiente medicalización creciente de la anormalidad (ej., el TDAH, el trastorno bipolar, la adicción a Internet, etc.). Por ello, la idea que tengamos socialmente de las drogas llevará a la toma o no de medidas sociales, de medicalizar o no sus consecuencias, de considerar o no que son una enfermedad, si su consumo conlleva consecuencias negativas (ej., violencia, inseguridad ciudadana); y también la estigmatización de los consumidores (Slapak y Grigovaricius, 2006).

Son individuos y grupos los que contribuyen a construir la realidad y el conocimiento social percibido (Berger y Luckman, 1966). A diferencia del modelo médico, que asume que las enfermedades son universales e invariantes en tiempo y lugar, los construccionistas sociales enfatizan como los sistemas culturales y sociales forman el significado y la experiencia de enfermar (Conrad y Barker, 2015). Esto es especialmente claro en los trastornos mentales, porque enfermar, estar mal, tiene tanto dimensiones biomédicas como experienciales; algunas enfermedades son eminentemente sociales o culturales, unas son estigmatizadas y otras no; unas son consideradas incapacidades y otras no. Por ejemplo, la dependencia de los antidepresivos está autorizada, y no la de otras drogas (Kushner, 2010); lo mismo ocurre con el Ritalin, una droga estimulante para el tratamiento de la hiperactividad; los ISRS y el éxtasis actúan ambos sobre los mismos receptores de la serotonina. Unos no producirían una enfermedad cerebral y los otros sí.

Ello tiene claras implicaciones sociales y sanitarias, como el reconocimiento de incapacidades, acceder a la atención médica, creación de investigación sobre el “trastorno” o “enfermedad”, etc. Pero, cuando no es una enfermedad “real” hay un riesgo de que ello lleve a su medicalización. Eso es auspiciado en los últimos años por la industria farmacéutica (Loe, 2004) que pasa incluso a crear la necesidad de sus productos en los individuos a través de una publicidad agresiva (de fármacos, claro). Un ejemplo claro actual es la concepción del DSM-5 sobre el alcoholismo.

  • Procesos psicológicos que subyacen a los defensores de este modelo.

Las personas que se decantan por el modelo cerebral de las adicciones han sido previamente formadas profesionalmente para entender a las personas, a sus pacientes y al mundo de una cierta manera, habitualmente facilitando el reduccionismo biológico o buscando la causa última de un fenómeno en el funcionamiento biológico. Esto en sí no es bueno ni malo. Pero cuando el modelo no está del todo claro (ej., no es lo mismo achacar la gripe a un virus específico, que la causa de la adicción a un funcionamiento anormal de la dopamina en el cerebro), y cuando pueden estar presentes factores individuales, profesionales y comerciales, ello puede llevar a sesgos. Por ejemplo, la identificación profesional biológica facilita más una praxis guiada por ese modelo, que se une al prestigio profesional, a una metodología y terapéutica concreta y delimitada de otra, y a una interpretación biológica de los resultados obtenidos.

En este sentido, se aprecia en los últimos años el paso de un número creciente de profesionales del campo médico que trabajan en adicciones de un modelo biopsicosocial explicativo de las “adicciones”, a un modelo biológico (el del reduccionismo cerebral). Tener un modelo concreto, cuando es útil, es bueno; pero cuando es reduccionista y sólo explica parcialmente una parte del fenómeno suele ser insuficiente y perjudicial para los usuarios. Esto se ha visto favorecido porque la psiquiatría norteamericana, y también la psiquiatría oficial en España, está apostando de modo claro y rotundo por la adicción como enfermedad cerebral, y aunque sabemos que ésta no es la opinión de todos los psiquiatras y médicos que trabajan en adicciones, sí es la dominante en este momento en los documentos oficiales de distintas asociaciones y revistas científicas de adicciones. Lo preocupante de ello es el intento de psiquiatrizar la conceptualización de las adicciones y su tratamiento, como si fuese una enfermedad biológica más. Un claro ejemplo en España lo vivimos con la patología dual, ya que si la persona tiene una “enfermedad” entonces se justifica “siempre” un tratamiento psiquiátrico (farmacológico, naturalmente), para la misma; lo cual supone olvidarse de los problemas que conlleva la sobremedicación psiquiátrica, cada vez más criticada (Whitaker, 2015).

Pero cuando una persona asume un modelo, por su historia vital, aprendizaje, necesidad o coherencia, hay varios procesos psicológicos que los acompañan, y que los psicólogos conocemos bien, como la atención selectiva, el efecto de conformidad (al grupo dominante) y la presión social, el sesgo confirmatorio, la atribución selectiva, la profecía autocumplida, la licencia moral, la identidad grupal (profesional), la toma de decisiones y, sobre todo, el proceso de reforzamiento.

Como un ejemplo de los anteriores, el poder del reforzamiento aplicado a los actores implicados en expandir este modelo es claro: suelen encontrarse cómodos y coherentes con él (historia de aprendizaje), con la idea de reducir toda la sintomatología a una enfermedad, estar en un grupo profesional claramente identificado (reduccionismo y sencillez); y, lo más importante, hay un claro reforzamiento por asumirlo, en forma de autoreforzamiento y reforzamiento externo (de los colegas, de la sociedad, de la industria farmacéutica, de los pacientes, etc.). Si no aceptan el modelo dominante les tendrá consecuencias negativas o de exclusión. Además, hay un efecto de modelado porque las personas con más prestigio en su profesión son los líderes de ese movimiento.

Lo anterior no significa que no reconozcamos el valor y el papel que claramente tiene el peso biológico del individuo en tener o no una adicción. Pero no es la única “causa” ni es posible explicar todos los aspectos de la adicción sólo a través de la biología. Lo que criticamos precisamente es el reduccionismo de este modelo y el olvido del peso central que tienen otros factores, como los culturales, los sociales y ambientales (ej., disponibilidad, apego social), los psicológicos (ej., expectativas, aprendizaje, autocontrol, personalidad), los individuales (ej., sexo, edad), etc.

El futuro de este modelo desde la perspectiva psicológica

Son muchas las aportaciones de la psicología en la comprensión, evaluación, prevención y tratamiento de las adicciones. Naturalmente, desde un modelo psicológico o biopsicosocial, nuestra formación profesional nos lleva a entender al ser humano de modo integral, no parcializado ni reduccionista. La aportación psicológica en la comprensión y el tratamiento de las adicciones ha sido y sigue siendo clara, destacando por ejemplo las técnicas motivacionales, las técnicas de deshabituación psicológica y las técnicas de prevención de la recaída, entre otras (Becoña, 2016). Por ello, el modelo cerebral de las adicciones, por su reduccionismo, no es asumible desde la perspectiva psicológica, y aunque no negamos el papel de lo biológico, si negamos su exclusividad y su intento simplista de entender el complejo fenómeno de las adicciones. Como bien dicen Hall et al. (2015) “La adicción es un trastorno complejo biológico, psicológico y social que necesita ser guiado por varias aproximaciones clínicas y de salud pública” (p. 109)

El futuro siempre está abierto y no podemos predecirlo con exactitud, pero si esto continua, asistiremos a corto plazo a una conceptualización reduccionista biológicocerebral de todas las adicciones. Algunos abrazan este modelo casi como una religión y se silencian las voces críticas, que son muchas, pero no son las que tienen el poder, el dinero, los medios, ni el acceso al gran público. Llama la atención lo que mencionábamos al inicio de este artículo, de que 94 científicos y clínicos relevantes y de distintos países del mundo, escriban una carta al director de Nature denunciando este modelo y el intento de hacerlo predominante. Sería extraño que miles y miles de sesudos científicos, profesionales y clínicos estén equivocados sobre la causa de la adicción. Por ello, parece que a veces estamos más ante una ideología y no ante un modelo o paradigma consistente (Vreckro, 2010). Aunque a largo plazo somos optimistas, ya que al final siempre suele imponerse la razón, este proceso puede llevar años, lo que supone el aumento del sufrimiento de las personas con trastornos adictivos. Desde la psicología es claro que no podemos aceptar este modelo tal como está formulado, porque es simple, sesgado, interesado, reduccionista, no se basa en los datos científicos existentes sobre la adicción ni en el modelo biopsicosocial y, además, no vale para los intereses de los consumidores o adictos. Este modelo bordea los temas centrales, dejando en segundo, tercer o cuarto lugar, el papel que tiene el ambiente, los factores psicológicos, etc., negando la realidad de la información científica acumulada a lo largo de décadas y décadas de investigación.

Resulta curioso que la perspectiva dominante en el campo de las adicciones no hace tantos años era la psicológica. Pero la psicología se orienta a ayudar al ser humano, no a crear una tecnología de la que se puedan sacar beneficios ni patentes, ni crear productos a partir de ello. Tampoco se creía que una parte de las personas que asumían el modelo biopsicosocial, que ha fundamentado la ciencia de las adicciones de las últimas décadas, tuviesen el atrevimiento de plantear un reduccionismo tan radical o de enmascarar tal reduccionismo dentro de un planteamiento sesgado al indicar siempre que hay factores individuales o sociales que enmarcan esa enfermedad cerebral. Pero ha ocurrido, sin que se escuchen argumentos consistentes o que, incluso, haya quienes sostienen desde ese modelo reduccionista que hay que abandonar el modelo biopsicosocial por anacrónico (Cabanis, Moga y Oquendo, 2015).

Creemos que los datos deben prevalecer sobre las creencias y los intereses, por lo que concluimos que la aportación psicológica a las adicciones ha sido central y así seguirá siendo en el futuro. El reduccionismo biológico cerebrocentrista no está justificado ni resulta útil ni adecuado para las personas con trastornos adictivos ni para la prevención de la adicción. Además, dicho modelo no puede explicar todo el complejo fenómeno de las adicciones, pero debemos tenerlo en cuenta y, al tiempo, aportar nuestros datos, con más contundencia y de modo más público y mediático, y no dejarnos engañar por un marketing muy bien organizado a favor de dicho modelo en donde parece que lo que nos presentan es real y el resto de la explicación de este complejo problema no existe. Es una nueva tarea que como psicólogos tenemos que hacer de modo urgente, persistente e incisivo.

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Elisardo Becoña Iglesias

Catedrático de Psicología Clínica. Universidad de Santiago de Compostela (USC), Galicia España. Dirige la Unidad de Tabaquismo y Trastornos Adictivos de la USC.

¿Qué causa la adicción?

Origen:
Baker, Melanie (2018):
What Causes Addiction? 
Drugabuse.com

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En el pasado, se consideraba que la adicción se debía a la falta moral y la debilidad de la voluntad de un individuo (NIH, 2010). Con los avances en la investigación científica, las teorías biológicas de la adicción como una «enfermedad cerebral» son ahora ampliamente aceptadas; Sin embargo, este punto de vista sigue siendo controvertido. Muchos prefieren caracterizarla como una condición que requiere un manejo continuo, en lugar de una enfermedad, ya que promueve la idea de que la adicción se puede manejar a través de cambios de comportamiento y que el individuo finalmente está en control de la condición.

El modelo de enfermedad se apoya en los cambios que ocurren en el cerebro como resultado del uso continuo de sustancias. A través de un proceso de adaptación, el cerebro intenta adaptarse a la presencia de una sustancia en un esfuerzo por funcionar normalmente. El modelo de enfermedad afirma que, si bien la elección inicial para usar la sustancia puede haber sido voluntaria, con el tiempo, la elección del comportamiento se reduce a medida que ocurren estos cambios neurobiológicos.

Estos cambios no solo modifican la respuesta inicial a una sustancia, sino que también regulan:

  • El desarrollo del deseo.
  • La angustia asociada con los períodos de abstinencia (que es un factor clave en la recaída).

Ya sea que veamos o no a la adicción como una «enfermedad», podemos ver claramente que ocurren cambios en el cerebro que promueven el uso continuo, tanto debido a los sentimientos gratificantes que la sustancia puede iniciar en el cerebro como a la evitación. Síntomas de abstinencia que se presentan cuando se desarrolla dependencia.

El cerebro y la adicción

El órgano más complejo, el cerebro, se ve afectado por el uso de sustancias en 3 áreas centrales:

  • El tallo cerebral. Esto controla las funciones corporales básicas, como la respiración, el sueño y la frecuencia cardíaca.
  • La corteza cerebral. Esto controla las funciones ejecutivas, como la toma de decisiones, la planificación y el procesamiento de la información sensorial.
  • El sistema límbico. Este es el circuito de recompensa emocional del cuerpo y controla nuestra capacidad para experimentar placer y motivación para las actividades de supervivencia, que se activan mediante drogas de abuso (NIDA, 2014)

El papel de los neurotransmisores en la adicción

Las neuronas se comunican a través de dendritas y axones, enviando impulsos eléctricos a través del axón, convirtiéndolos en señales químicas en el terminal del axón, liberando neurotransmisores (mensajeros químicos) a través de huecos sinápticos (espacio estrecho entre el terminal del axón y la dendrita de otra neurona), y conectando al sitio receptor de la neurona receptora. La dendrita recibe el neurotransmisor y lo convierte de nuevo en señales eléctricas. Este proceso ocurre entre miles de millones de neuronas en el cerebro. La comunicación entre las neuronas funciona para controlar el comportamiento, la cognición, el estado de ánimo y el movimiento (NIDA, 2013).

Las drogas de abuso, cuyas estructuras químicas imitan a los neurotransmisores naturales, interfieren con el procesamiento neuronal normal, liberan neurotransmisores en cantidades excesivas , brindan mayor placer que las actividades de supervivencia naturalmente placenteras (por ejemplo, comer o tener relaciones sexuales) y evitan la recaptación química normal, lo que significa que una cantidad excesiva de Los neurotransmisores quedan en la sinapsis, afectando en última instancia el comportamiento de otras neuronas en comunicación, lo que altera de manera subjetiva nuestro estado de ánimo. (NIDA, 2013).

El sistema de recompensa del cerebro se activa cuando un individuo participa en actividades de supervivencia, proporcionando sentimientos de euforia y reforzando el comportamiento. Cuando se activa, la información viaja desde el área tegmental ventral (VTA) al núcleo accumbens y luego a la corteza prefrontal (Van Wormer y Davis, 2013).

DOPAMINA
El neurotransmisor dopamina es responsable del incentivo, la recompensa y la motivación, y es un neurotransmisor clave involucrado en la adicción.
Las drogas de abuso activan las vías de recompensa, liberando el exceso de dopamina. Las oleadas de dopamina producen:
·         Euforia.
·         Fuerte refuerzo del comportamiento.
·         Antojos o compulsiones por realizar ciertos comportamientos.
El cerebro se adapta a tales oleadas reduciendo la producción de dopamina y la cantidad de receptores que pueden recibir señales.
El agotamiento de la dopamina, junto con la interrupción de otros neurotransmisores, reduce la capacidad de la persona de experimentar placer (NIDA, 2013). El agotamiento de la dopamina después del consumo de cocaína puede ser causa de atracones, tolerancia y deseo (Van Wormer & Davis, 2013).
SEROTONINA
La serotonina, el neurotransmisor involucrado en el sueño, las experiencias sensoriales y la sensación de bienestar, también puede desempeñar un papel clave en la adicción. La disminución de los niveles de serotonina se ha relacionado con comportamientos asociados con:
·         Intoxicación.
·         Depresión.
·         Ansiedad.
·         Control de impulsos deficiente.
·         Agresión.
Comportamiento suicida.
GLUTAMATO
Otro neurotransmisor, el glutamato, el neurotransmisor cerebral excitador primario que estimula las células cerebrales al fuego, está asociado con el aprendizaje y la memoria, y se ha implicado en la perpetuación de la adicción.
La investigación ha demostrado que el glutamato, que opera de manera independiente e interactúa con el sistema dopaminérgico, fomenta el desarrollo y el mantenimiento de la adicción a través de:
·         Reforzamiento.
·         Condicionamiento (las señales en la rutina diaria se asocian con el uso).
·         Ansia.
·         Recaída (Tzschentke & Schmidt, 2003).

La teoría de la enfermedad

El concepto de enfermedad de la adicción es útil porque fomenta nuestra comprensión de que la adicción no es simplemente una falta de voluntad. El modelo, sin embargo, no está exento de limitaciones.

Lo que presenta un desafío es cómo responder a esta pregunta: al exponerse a una sustancia, ¿por qué algunas personas se vuelven adictas y otras no? (Oeste, 2013).

El psicólogo canadiense, Bruce K. Alexander, sostiene que el modelo de enfermedad hace una de dos afirmaciones:

  • Afirmación A: Todas o la mayoría de las personas que consumen heroína o cocaína más allá de cierta cantidad mínima se vuelven adictas. [/ Li]
  • Afirmación B: no importa qué proporción de los usuarios de heroína y cocaína se vuelvan adictos, su adicción es causada por la exposición a la droga.

Alexander (2001) sostiene que la evidencia clínica e histórica no respalda esta opinión. Afirma que durante la 19 ª siglo, el consumo de opiáceos en los Estados Unidos e Inglaterra fue más frecuente de lo que es ahora, pero menos del 1% de la población se convirtió en dependiente o adicto y los números fueron disminuyendo al final del siglo, incluso antes de ciertas leyes Se pasaron restringiendo su uso.

En el Reino Unido, observa Alexander, la heroína fue ampliamente utilizada como un medicamento para el dolor crónico, la tos y la diarrea. En 1972, los médicos británicos prescribieron grandes dosis de heroína, aunque las estadísticas británicas mostraron un número sorprendentemente bajo de personas que se habían convertido en adictos a la heroína como resultado (Trebach, 1982: p. 83).

Esto desafía la teoría de la enfermedad, además de la afirmación de que la exposición a ciertas sustancias resultará en adicción en la mayoría de las personas.

¿Las sustancias causan adicción?

La referencia a la investigación sobre la autoadministración de fármacos por parte de animales de laboratorio se utiliza a menudo como un argumento para apoyar el concepto de adicción inducida por sustancias. En la década de 1960, los investigadores de la Universidad de Michigan crearon dispositivos que permitían a las ratas autoadministrarse medicamentos presionando una palanca. Estos tipos de experimentos se realizaron a lo largo de la década de 1970 y demostraron que ratas, ratones, monos y otros mamíferos se autoinyectarán grandes dosis de heroína, cocaína, anfetaminas y otras drogas (Woods, 1978), lo que aparentemente demuestra que estas sustancias son irresistibles. adictivo

En la década de 1970, Alexander y sus asociados llevaron a cabo el estudio Rat Park. Alexander planteó que la adicción era dependiente de la sustancia y que la evidencia de adicción a los opiáceos observada en ratas de laboratorio era atribuible a las condiciones de vida más que a las propiedades adictivas de las drogas (Alexander, 2001). Para demostrar su premisa, Alexander construyó Rat Park, una colonia de viviendas aproximadamente 200 veces más espaciosa que una jaula de laboratorio regular, con media docena de ratas de ambos sexos que viven con una amplia provisión de alimentos, juguetes y espacio para socializar, aparearse y criar camadas.

Los experimentos realizados en Rat Park indicaron que las ratas que vivían en un ambiente mejor tenían poco apetito por la morfina (Alexander, 2001).

Según un informe, las ratas que se habían visto obligadas a consumir clorhidrato de morfina diariamente durante casi dos meses fueron llevadas a Rat Park y se les dio la oportunidad de elegir entre agua del grifo o de agua con morfina. Alexander (2001) informa que las ratas en su mayor parte eligieron el agua pura. Los grupos de control de ratas aisladas en jaulas pequeñas consumieron más morfina en este y en los experimentos posteriores.

Alexander cree que los experimentos de Rat Park demuestran que los estudios de autoadministración en animales no proporcionan evidencia empírica de la teoría de la adicción inducida por sustancias. El cierre de Rat Park dejó preguntas sin resolver en cuanto a la causa de la adicción y la razón de la alta prevalencia actual de la adicción a las drogas y otros hábitos.

El papel de la historia personal

Evidencia adicional para refutar la teoría de la adicción inducida por drogas se describe en el uso de heroína durante la Guerra de Vietnam, cuando muchos soldados estadounidenses usaban heroína de manera rutinaria. Diez meses después de regresar a casa, solo el 5% de las soldaduras consideradas adictas seguían en uso. Esta es una excelente tasa de recuperación, no explicada por el tratamiento.

Se planteó la pregunta: ¿es una sustancia intrínsecamente adictiva, u otras experiencias de la vida determinan el uso compulsivo? (Felitti, 2004).

Los hallazgos del estudio Experiencias Adversas en la Infancia (ACE) demuestran que las experiencias adversas no reconocidas en la infancia son un factor importante en la adicción. Estas experiencias adversas de la infancia dan como resultado cambios en el desarrollo neurológico y daño emocional (Felitti, 2004). Estas experiencias pueden predisponer a estados emocionales negativos y crear una fuerte motivación para buscar alivio a través del uso de sustancias psicoactivas que proporciona beneficios a corto plazo frente a los riesgos a largo plazo.

¿La adicción es hereditaria?

Existen múltiples formas en que los factores genéticos y ambientales pueden provocar una variación en la vulnerabilidad a la adicción (West, 2013). Según NIH (2010), los genes representan aproximadamente el 50% del riesgo de que una persona se vuelva adicta.

El papel del medio ambiente

El medio ambiente también juega un papel importante en él. La interacción entre un individuo y su entorno da lugar al comportamiento. Hay muchas influencias en el entorno de uno, incluyendo:

  • Red social.
  • Estatus socioeconómico.
  • Estrés.
  • Involucramiento de los padres.
  • Antecedentes personales, como abuso físico o sexual, o negligencia.

Para combatir la adicción, la exposición a factores ambientales e internos que fomentan fuertes motivaciones de uso debe reducirse y contrarrestarse con otros motivadores (West, 2013). Desde el punto de vista de la reducción de daños, retrasar el inicio del uso puede ser altamente beneficioso.

Por ejemplo, los esfuerzos de prevención y divulgación dirigidos a los adolescentes y sus redes, incluidas las familias y los maestros, han demostrado con éxito cambios en las actitudes y comportamientos con respecto al consumo de tabaco en los jóvenes (NIH, 2010).


Referencias:

  1. Alexander, B.K. (2001). The Myth of Drug-Induced Addiction, a paper delivered to the Canadian Parliament.
  2. National Institute on Drug Addiction (2014). Drugs and the Brain: Introducing the Human Brian.
  3. National Institute of Health (2010). NIH Fact Sheets-Drug Abuse and Addiction.
  4. National Institute of Health (2013). What are the parts of the nervous system?
  5. Peele, S. & DeGrandpre, R.J. (1998). Introduction: a brief history of the concept of addiction. Cocaine and the Concepts of Addiction: Environmental Factors in Drug Compulsions. Addiction Research, 6: 235-263.
  6. Roberts, A.J.; Koob, G.F. (1997). The neurobiology of addiction: an overview.
  7. Schug, S. A., Merry, A. F., & Acland, R. H. (1991). Treatment principles for the use of opioids in pain of nonmalignant origin. Drugs, 42, 228-239.
  8. Trebach, A.S. (1982) The Heroin solution, New Haven: Yale University Press.
  9. Tzschentke, T.M. & Schmidt, W.J. (2003). Glutamatergic mechanisms in addiction. Molecular Psychiatry (8) 373-382. DOI:10.1038/sj.mp.4001269.
  10. Volkow, N (2014). Drugs, Brains, and Behavior: The Science of Addiction: How Science has revolutionized the understanding of drug addiction. National Institute on Drug Addiction.
  11. West, R. (2013). Models of Addiction. European Monitoring Centre for Drugs and Drug Addiction Insights Series 14. Lisbon: Publication Office of the European Union.
  12. Woods, J. H. (1978). Behavioral pharmacology of drug self-administration. In M.A. Lipton, A. DiMascio, and K.F. Killam (Eds.), Psychopharmacology: A generation of progress. New York: Raven.